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En Chamil o la lección de Don Luis
Por J. Santos Coy - Guatemala, 21 de febrero de 2007

Chamil es una aldea de unos 2000 habitantes que dista 25 Kms de Chamelco, Cobán. El camino es de terracería pero con el reciente temporal, se puso lodoso. Me tomó una hora y media llegar en moto y los resbalones estuvieron a la orden del día. Una vez en la aldea, pregunté por el alcalde auxiliar y lo fueron a buscar. Diez minutos después llegó un alcalde cantonal y una líder local encargada de una ONG, ambos de la etnia kekchí. Les hablé en su lengua, les pedí hablar con el alcalde y accedieron a llamarlo. Llegado éste se presentó portando su vara edilicia y, en kekchí, dijo llamarse Luis Chub. Iniciamos el diálogo, me dio la bienvenida y me puse a explicarle el motivo de mi visita. Al final me sorprendió el hecho de que me invitara, en “castilla”, a dar una vuelta por el lugar. No dejó de sorprenderme el que me hablara en español.

Luego del recorrido, sentados en las gradas del atrio de la iglesia, me preguntó si quería escuchar un relato de “mis antiguos”. Respondí afirmativamente y, acto seguido, procedió a contarme una historia cuyo protagonista resultó ser don Juan Matalbatz, cacique de Tezulutlán “de aquellos idos tiempos”, la hoy Verapaz. Empezó advirtiendo que “nada de esto está escrito en los libros, ni en los más viejos que eran de los padres capineros”. Creo que quería que yo supiera que él es depositario de historias transmitidas mediante la tradición oral y que no se necesita leer ni escribir la “castilla”.

Empezó contándome que don Juan Matalbatz nació ahí mismo, en Chamil, “hace quinientos años” y que un día, “ya de grande” recibió a unos emisarios pokomchíes que le informaron acerca de unos “castillas de negro y blanco” que venían “cantando cantos y rezando oraciones a su dios” por tierras de los pokomes. Don Juan, entonces, juntó gente y salió a defender el territorio kekchí. Pero los “castillas se lo ganaron para su dios” y, en premio por haberlos dejado entrar, se lo llevaron a España para que conociera al “rey de allá” a quien llamaban “el católico”. Don Juan llevó consigo “ciento cincuenta plumas de quetzales y pájaros de muchos colores para regalárselos al rey de los castillas” continuó don Luis. “Tres lluvias largas después”, don Juan regresó de España con dos campanas que le regaló el rey “llamado el católico”.

La campana más grande “se les hundió en el camino de regreso y se ahogó en el lodo, “en la orilla de un gran siguán”. Ahora en invierno, “cuando el siguán cambia de agua, se oye sonar la campana en el fondo, que está muy profundo”. La otra campana estuvo aquí, en Chamil, unos días, pero “se la llevó don Juan Matalbatz a una fortaleza que construyó en una loma para defenderse de los ataques de otros “castillas” que no eran padres capineros sino “castillas de guerras que tenían tubos que echaban fuego en la punta”.

Conquistado el territorio de la hoy llamada Verapaz (la tierra de la Vera Paz según los dominicos) los padres construyeron un templo en un lugar que don Juan pidió llamarlo Chamilcó (Chamil pequeño) en recuerdo de su aldea natal. Este poblado “es el que con el tiempo llegó a conocerse como San Juan Chamelco” y la campana “todavía está colgada allí en el templo”.

Después hablamos de la gente de la aldea, de sus inquietudes y necesidades. “Todos están trabajando en el corte de pino porque ya no se cultiva café y esta no es tierra para cardamomo”. Me dijo que no sabía lo que era la reforestación y que la madera se la compraban los aserraderos de Santa Elena. “El señor gobierno se olvidó de nosotros” me dijo entre triste y quejumbroso, pero ahora otros padres nos están ofreciendo ayuda. “Vinieron de la república y nos dijeron que iban a decirnos qué hacer para que Chamil cambiara”.

Después del mediodía, habiendo almorzado aguas y ricitos, me despedí. En el momento mismo que nos despedíamos, salían los niños de la escuela y del instituto que tienen en Chamil. Me contó don Luis que les regalaron tres máquinas de escribir, que sirven para que los más de doscientos muchachos aprendan a escribir a máquina. “Las letras aparecen en el papel cuando la golpean los martillos que tienen las letras al revés”.

Los niños se acercaban a mi moto y me miraban después con rostro pícaro, se reían y se iban corriendo. Pasó una maestra de secundaria. Le hablé en lengua kekchí pero me contestó todo el tiempo en español. “Yo no soy español” le dije. “Usted es ladino, me dijo ella, o sea que son lo mismo. De todos modos, bienvenido señor”.

Regresé a Cobán, me agarró el agua en el camino y tuve tiempo el fin de semana para meditar sobre la moda de la diversidad cultural y mi nueva identidad adquirida y vinculada a la ladinidad. ¿Ladino porque me visto como tal, aunque mi origen sea otro, y porque vivo en “la república”?

En los últimos años la noción de patrimonio cultural plural se ha ampliado considerablemente y la importancia mucho mayor que ahora se le concede se basa en la conciencia cada vez más extendida de su riqueza y, especialmente, de su vulnerabilidad. Tengo por aprendida la lección de don Luis Chub. Para conocer aún más la memoria colectiva de hoy día y conformarla de manera más creativa para que constituya la de las generaciones futuras, es esencial una mayor participación. Esta, sin embargo, únicamente se podrá dar si la propia gente comprende mejor su patrimonio. De ahí la necesidad imperiosa de efectuar inventarios del bagaje de las etnias; no sólo más exhaustivos sino también con más sentido. Y mojarse los pantalones yendo al interior, a interactuar.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1146 - 200207


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