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Frente a la geoeconomía del petróleo
Por J. Santos Coy - Guatemala, 26 de marzo de 2007

La vinculación económica de un país frente a las veleidosidades del mercado del petróleo se puede expresar en términos de indicadores de dependencia y de variables de vulnerabilidad. Guatemala –pequeño consumidor, alto derrochador y mínimo productor- se ubicar en las dos posiciones: es dependiente del oro negro y altamente vulnerable a las variaciones en el precio del mismo. Tales son los factores exógenos que nos castigan con periodicidad a pagar más y más por los combustibles y la energía eléctrica. Los endógenos se vinculan al oligopolio existente en la cadena que enlaza las operaciones de importación, trasiego, almacenaje, distribución y entrega final al consumidor.

El fenómeno de la alta variabilidad en los precios de los tres referentes del crudo –Brent, West Texas y Persian Gulf- ha sido objeto de debate transdisciplinario dado que se argumenta que la escasez se debe, dicen unos, a que las reservas se están agotando y, de acuerdo con otros expertos, el problema radica en que la capacidad de producción está desfasada negativamente respecto del crecimiento de la demanda.

En el primer caso, la denominada explicación geológica, se plantea que el agotamiento de las reservas ha causado que los productores protejan sus yacimientos y los exploten en la medida que consideran razonable para sus intereses. Al final, la merma en los volúmenes de extracción frente a una demanda creciente causa escasez. En el segundo caso, la denominada hipótesis de la estrategia productiva, se plantea que hay reservas suficientes para los próximos cincuenta años independientemente del crecimiento de la demanda pero que el aparataje de refinación del crudo no la tiene capacidad instalada para suplir la demanda. Al final, una producción menor que la demanda, en términos cuantitativos, provoca escasez.

El resultado de escasez que se tiene en ambos casos como corolario del planteamiento de estos escenarios desemboca en un alza del precio. Frente al aumento gradual y continuo en los precios del petróleo, los países dependientes y los vulnerables se ven ante dos posibilidades de reacción: establecer una política de conservación o bien implementar medidas de sustitución. Una y otra hacen del oro negro, un bien estratégico que es objeto de atención de la geopolítica económica dentro del marco de la globalización. La geopolítica de los hidrocarburos es, en la actualidad, la directriz de la política exterior de las potencias mundiales aunque pesa más la propia de Estados Unidos en su calidad de padrino de las siete hermanas (The Seven Sisters), esto es, las siete empresas que dominan el mercado de la distribución mundial del oro negro y sus múltiples derivados.

La política conservacionista ha demostrado ser de ritmo lento toda vez que implica cambios culturales y grandes inversiones para procurar la reducción efectiva en el consumo de energía en edificios, hogares, automóviles, fábricas, etc. Su incidencia en la reducción de la demanda ha sido mínima. La política de sustitución tiene puesto el ojo en formas alternas de provisión de energía con opciones que van desde el cultivo y aprovechamiento de bosques de especies leñosas hasta el empleo de la energía nuclear pasando por el aprovechamiento de las corrientes marinas, el potencial de lo hídrico, la energía radiante del sol y la cinética del viento. Pero Estados Unidos y sus aliados, desde la trinchera de las Naciones Unidas, se ha dedicado sistemáticamente a boicotear cualquier esfuerzo de las naciones soberanas a buscar la reducción de su dependencia y su vulnerabilidad energética mediante el desarrollo de la tecnología atómica como forma sustitutiva de los hidrocarburos. El argumento esgrimido por el hegemón perdió credibilidad desde que sirvió de excusa falsa para invadir Irak: la energía nuclear pone al mundo en el borde de una conflagración que haría desaparecer a la especie humana, al decir de ellos.

Estados Unidos se cuida mucho de que nadie recuerde que fueron ellos los primeros que satanizaron esta forma de energía presente en la naturaleza. Hiroshima y Nagasaki hablan por sí solos desde los estancos de los holocaustos andróginos. Cualquier país del planeta debería poder optar a generar energía mediante métodos alternos. Irán está en ésas, la India y Corea del Norte también. Pero en los tres casos, Estados Unidos ha demostrado diferentes posiciones políticas. A Irán la están amenazando con invadir. A Corea del Norte se le advirtió del riesgo de inclinarse por la energía atómica. A India se le proporcionó tecnología y plutonio enriquecido para que implementara un arsenal atómico y, a la vez, para que optara por la energía nuclear con miras a reducir su demanda incremental de petróleo. En el caso último, en un juego de gana-gana gringo, con el claro objetivo de neutralizar el poderío nuclear chino.

La salida más beneficiosa para todos los seres humanos, que en su inmensa mayoría son consumidores de productos primarios del petróleo y sus derivados, sería la vía de la diplomacia, de la negociación, de los acuerdos mundiales. De esa manera, se promovería la conservación y la sustitución de los insumos energéticos y se garantizaría lo que debería ser un esquema mundial: la seguridad energética. Esto es, que cada país tenga acceso a lo necesario para producir energía en forma continua y segura a la par que se explotan las reservas y las formas alternas en forma racional. Sin embargo, a la luz de la realidad geopolítica y geoestratégica mundiales, es mucho pedir.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1187 - 250407


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