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Combustibles o hambre
Por J. Santos Coy - Guatemala, 29 de mayo de 2007

Los altos precios del petróleo, la tendencia alcista sostenida que evidencian los mismos y el grueso volumen de los subsidios al maíz amarillo han causado que la producción de etanol -nuevo combustible obtenido del procesamiento de ese grano- se haya visto estimulada en grado exagerado. Pero en razón de que la producción de este biocombustible consume cuantiosas cantidades de materia prima, el precio del maíz en el mundo está incrementándose dramáticamente. Similar fenómeno está ocurriendo con el precio de mercado de otras especies vegetales que forman parte de la dieta de gran número de habitantes del planeta y que se utilizan también como insumos alternos en la producción de biocombustibles.

Tres son las etapas que se identifican en el ascenso de la producción del etanol a los niveles actuales. La primera se remonta a 1974 cuando el primer embargo impuesto por la OPEP obligó al Congreso norteamericano a dar un primer paso legislativo con miras a promover la producción de etanol derivado del maíz como combustible alterno al petróleo. La segunda etapa se remonta a 1977 cuando el presidente Carter declaró de interés nacional la sustitución de los energéticos fósiles por biocombustibles, equiparando la obligatoriedad del cambio a “un estado de guerra moral” en favor de la seguridad energética de su país. Finalmente, la gradual remoción obligatoria del plomo en las gasolinas y otros combustibles de consumo masivo aceleraron el perfeccionamiento y la eficiencia en la producción del nuevo biocombustible. El plomo es un metal sumamente tóxico y su presencia en las gasolinas fue gradualmente sustituida por el etanol. En menor medida, la reducción de impuestos y los subsidios a las empresas dedicadas al esfuerzo de fabricar el sucedáneo, también contribuyeron al boom. Pese a los anteriores esfuerzos, los Estados Unidos fueron derivando hacia niveles crecientes de dependencia respecto del petróleo aunque el etanol se mantuvo como elemento marginal para las petroleras en el proceso de refinado de crudo.

Hoy día, merced a la combinación de precios altos de petróleo y generosos subsidios a la producción de maíz, el etanol obtenido de esta gramínea se ha convertido en una nueva especie de piedra filosofal. Hay 110 refinerías de etanol operando en Estados Unidos, de acuerdo a la Asociación de Combustibles Renovables (RFA por sus siglas en inglés). Muchas de ellas están en proceso de expansión y con base en informaciones de la misma institución, en los próximos dos años entrarán en operación un número no menor de 75 nuevas procesadoras.

Para finales del 2008 se estima que Estados Unidos estará produciendo 11 mil cuatrocientos millones de galones anuales de biocombustible. Este empuje a la industria del etanol, y otros similares como el gasohol, ha beneficiado a un sector que recibe miles de millardos de dólares provenientes de los impuestos, no sólo en el país del norte, sino en otros países del globo. En el 2005 se produjeron 9.66 miles de millones de galones de etanol de los cuales Brasil produjo el 45% a partir de caña de azúcar y EEUU un 44.5% derivado de maíz. El resto de producción global fue de biodiesel se dio en Europa y ascendió a mil millones de galones. En este último caso, la materia prima mayoritaria fueron otras semillas oleagionosas como el girasol y la remolacha, tradicional materia prima para producir azúcar.

El crecimiento de la industria del energético sucedáneo del petróleo ha significado una creciente y dramática demanda diversificada de maíz, tradicionalmente destinado a alimentar a la población. Se estima que en unos pocos años las plantas de etanol procesarán, para cumplir sus metas volumétricas de producción de etanol, aproximadamente la mitad de la producción total anual de maíz del mundo. Sólo para este año 2007 se calcula que las reservas del grano alcanzarán su nivel más bajo desde 1995 –año en el que se produjo una altísima reducción en la siembra y cosecha de maíz– pese a que el 2006 arrojó cifras record en la producción total. Para principios del presente año, el maíz alcanzó cifras record en su precio, el más alto en los últimos diez años. Tal comportamiento mostraron también los precios del trigo y el arroz por dos razones; el alto precio del maíz obligó a sustituirlo en la dieta con los mencionados granos y se convirtió en atractivo para sembrar maíz en vez de arroz y trigo.

Este escenario es un nirvana para los productores de maíz y un jinete del Apocalipsis para los consumidores que, como ocurre en los países de Mesoamérica, tienen como elemento principal de su dieta alimentaria al maíz por cuestiones de cultura, costumbre y costo. Agreguemos más leña al fuego y tomemos en cuenta que la carrera alcista del petróleo, con su característica de irreversible, sigue impulsando altos precios en los combustibles cuyo efecto inmediato es la elevación en los precios de los productos de la canasta básica, de los servicios y de los bienes en general.

En uno de sus últimos informes, el Banco Mundial consigna que más de la mitad de la población mundial sobrevive con menos del equivalente de dos dólares americanos al día. Para esta inmensa parte de habitantes del planeta, el aumento de los costos, aunque sean marginales, en el precio de maíz y otros granos de su dieta corriente será devastador. Un volumen de 25 galones de etanol requiere el procesamiento de 450 libras de maíz, cifra que equivale a la cantidad de grano con la cual se alimenta una persona durante un año como promedio.

La presión sobre la producción de granos básicos en el mundo ejercida por la producción de etanol se reflejará en precios más altos para los granos básicos y para los alimentos producidos a base de éstos. Los biocombustibles han atado los precios del petróleo y los alimentos de una forma tal que habrá una profunda y dramática relación de extrema tensión entre los productores de alimentos, los consumidores y los países, con implicaciones devastadoras tanto en la pobreza global y la seguridad alimentaria.

Si las seguridades energética y alimentaria integraran la siempre anhelada agenda nacional, se podría pensar en fomentar el desarrollo del cultivo de palma africana e higuerillo, planta esta última que se da en abundancia y en forma silvestre, y en una sistematización de tecnología propia para producir etanol a partir de dichas especies vegetales. Por otro lado, sería ineludible dedicar las grandes extensiones ociosas de los latifundios, hoy de capa caída, a la producción de maíz para consumo interno.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1209 - 280507


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