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¿Una o varias izquierdas?
Por J. Santos Coy - Guatemala, 31 de julio de 2007

Todavía no consigo aterrizar y correlacionar objetivamente las razones que hiperfragmentaron a la izquierda en su transición de lo clandestino a lo público. Es cierto que los pormenores descritos en los aislados retazos que se conocen, sobre la historia política de la prolongada guerra que los grupos de izquierda sostuvieron contra un Estado contrainsurgente, permiten evidenciar una cosa: desde principios del conflicto armado los grupos alzados en armas se distanciaron. No tengo claro aún, si la atomización fue en lo ideológico o en lo metodológico de la lucha.

Porque no los dividió ni la ideología ni el gran objetivo. Se tuvo claro desde el principio que la vía armada revolucionaria -siguiendo los ejemplos y las teorías políticas de Mao, Lenin y Castro- era el único camino viable hacia la toma y el posterior ejercicio del poder político desde un régimen socialista. Lo ideológico –el marxismo leninismo, el castrismo y el maoísmo- permitió construir la plataforma de lo que, después de la toma del poder, sería un programa de gobierno para el pueblo.

La lucha se prolongó y recrudeció en forma cíclica. El Estado contrainsurgente hizo de una guerra civil, una guerra en contra de la población civil. El bloque hegemónico acicateó a sus lacayos uniformados y civiles para que, a cualquier costo humano y económico, no se reviviera la esperanza de 1944. En el esfuerzo colaboró, por supuesto, el imperio norteamericano. Todo esto es historia conocida y repetida, casi lugar común.

Hay muchísimos documentos histórico-políticos que permanecen a la fecha en distintas manos y cajones ocultos. El Partido, la Juventud y los demás cuadros teorizantes de los grupos armados produjeron valiosos aportes que, de reunirse, podrían arrojar luces acerca de los aciertos –muchas veces abortados- y los errores –tantísimas veces tan costosos en vidas valiosas-. Repensar la metodología de lucha analizando aciertos y desaciertos pasados que podrían considerarse en esta nueva coyuntura sería una de las primeras tareas prioritarias, si se llega el momento de que la vieja guardia acuerde revivir –y legar a las nuevas generaciones después- el germen adormitado de la revolución liberadora de las mayorías silenciadas de Guatemala.

En segundo término habrá que construir un consenso en cuanto a que la única vía para aspirar a concretar cambios revolucionarios en las caducas estructuras sociales es el ejercicio del poder político. La discusión debe centrarse en cómo se va a alcanzar el poder. Se tiene visto que lo electoral no es el camino. Si se opta por seguir la ruta de los comicios, surgen los personalismos y los disensos. Cuotas y posiciones son los pivotes de las discusiones y de los nuevos distanciamientos. El embudo está cerrándose y, para septiembre de este año, asistiremos a la desaparición de la izquierda partidista electoral. Numéricamente lo dicen las encuestas, ninguna de las dos opciones de izquierda que están postulando candidatos obtendrán posiciones en el Legislativo.

La lucha armada permitió incrementar cuantitativamente el número de guatemaltecos comprometidos con el proceso revolucionario y también despertar cualitativamente las expectativas de mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población en el campo y en las periferias citadinas. Pero con la actuación política dentro de lo electoral, de quienes optaron por esa vía reformista e inmediata, estamos asistiendo a la agonía de la esperanza que con la lucha armada hicimos aparecer. Un nuevo fracaso electoral de los partidos de izquierda mermará aún más las simpatías a la posibilidad de cambios y frustrará a quienes simpatizaron con el movimiento en los años de lucha.

Las reuniones esporádicas con compañeros y camaradas de los años de lucha –que dicho sea de paso provienen de las distintas opciones revolucionarias beligerantes- discurren en lo anecdótico y terminan en discusiones cerradas que contienen solamente criterios forjados desde perspectivas personales. Nada entre dos platos para decirlo claro. Afortunadamente no hemos incluido aún en el menú, la etapa de recriminaciones. En la reunión de ayer centramos la discusión en torno a realizar –por enésima vez- un esfuerzo que permita –por enésima vez más uno- la apertura de un amplio espacio de acercamiento con miras a la unificación. La tarea y el esfuerzo políticos deben, acordamos, prevalecer sobre lo electoral en la primera etapa. Que la vía de las elecciones sea el medio asertivo en el momento y coyunturas adecuadas. Que el fin no sea participar dentro de cuatro años como un nuevo partido de izquierda; un partido que sin quererlo, devendría en reformista.

Consensuamos ayer, por otro lado, que es ineludible conformar un proyecto político fuerte, ideológicamente bien sustentado, incluyente, despersonalizado y, por sobre todo, viable. En su formulación y elaboración deberán irse incorporando paulatinamente la amplísima clase marginada rural, los grupos excluidos urbanos y la intelectualidad del país, sin distingos ni privilegios por razones etáreas, de etnia, de género o de academicismos. Las necesidades y las expectativas de todos esos estamentos sociales son distintas. El esfuerzo, concluimos, será meritorio en la medida que la gama de falencias logre articularse y plasmarse en un proyecto certero de concreción. Después se deberá pensar en recurrir a lo electoral como medio para alcanzar el fin: el poder. Y entonces el esquema deberá ser un partido de masas, no una facción legalizada de armadura.

Que, para quienes algún día decidan trabajar sobre esta propuesta, ésta no se convierta en lo que hasta la fecha hemos planteado como directrices de nuestra tarea histórica: las mentiras consensuadas. La izquierda es, y debe ser, solo una. Porque la pobreza es única e inmensa. La desesperanza, generalizada, de siglos y también única. La responsabilidad histórica de cambiar las cosas, una sola e ineluctable. Las cosas se cuentan solas, sólo hay que saber mirar.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1254 - 300707


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