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Si voto por una mujer... ¿me vuelvo mujer ?
Por J. Santos Coy - Guatemala, 25 de agosto de 2007

El Foro Guatemala lanzó la semana pasada una bizarra y desafortunada “campaña cívica” abiertamente violatoria al derecho cívico que tenemos los guatemaltecos de ejercer libremente el voto. El artículo 13 de la Ley Electoral es muy claro al establecer que ningún ciudadano podrá ser coaccionado, directa o indirectamente, para que vote o no vote en determinado sentido. El slogan comentado reza literalmente: “Si votas por un criminal [narcotraficante], tú también eres criminal [narcotraficante]”.

Por otro lado, desde la perspectiva judicial, los miembros del estamento citado usurpan funciones puesto que se erigen en fiscales y jueces en dos sentidos: califican indistintamente de criminales a los candidatos a cargos de elección y, sin ningún empacho, convierten en cómplices a los que voten por ellos. En otras palabras, el ser candidato y ejercer el voto convierte a los guatemaltecos en criminales y narcotraficantes. ¿Qué hacemos entonces? ¿Votamos y nos convertimos en criminales? ¿No votamos porque nos coaccionan a no hacerlo so pena de satanizarnos? Lujo de campaña en aras de hacer un llamado a votar.

Lo que debió hacer el Foro Guatemala es divulgar los nombres de todos aquellos candidatos que son criminales, narcotraficantes o que estén vinculados al crimen organizado. Si lo han afirmado públicamente, es porque les consta plenamente. De esa manera, estarían efectivamente ayudando a construir ciudadanía porque ilustrarían a los ciudadanos. Pero así, en frío y en términos tan generales, bajamos a nivel de chambre de lavadero y eso no se vale. La coacción de esta “campaña” del Foro –y la que lanzó la Conferencia Episcopal- es ilegal e inmoral. Votar por un “criminal”, no me hace criminal.

Bajo esa lógica, si voto por una mujer me convierto en mujer. Si lo hago por un homosexual o un ebrio consuetudinario –que es seguro que no los hay entre los distinguidos candidatos- no por ello paso a engrosar las filas de la comunidad gay ni la de los profesionales de la bebida, dicho sea eufemísticamente. ¿Se imaginan ustedes el dilema que estoy manejando a título personal porque pienso votar por la Doctora Menchú? Indio ya soy pero ¿mujer e india? Como buen chapín y echando pan en mi matate, me siento tentado de votar por ese candidato que se autodenomina “candidato inteligente”. Quien quita y así mejora en cantidad y calidad mi asaz escaso cacumen.

Igual tipo de análisis semántico puede aplicarse a dos de las intervenciones desafortunadas del Doctor Eduardo Meyer –ex Rector Magnífico- en el Libre Encuentro del domingo. Dijo este candidato que en el Congreso se explica el que haya narcotraficantes, ladrones de gasolina, corruptos, colusionadores, criminales, homicidas, transas, etc. porque esa institución representa “fielmente” la composición social y la diversidad guatemaltecas. El planteamiento es falaz porque no es el pueblo el que está representado en el Congreso sino la clase política y los poderes paralelos. El diputado Meyer, por otro lado, hizo la denuncia de que a la Corte Suprema de Justicia y a las Salas de Apelaciones se llega mediante el soborno, la coima y la componenda clientelista. El conductor lo puso a palitos al solicitarle nombres. Meyer eludió irresponsablemente señalar personas. De colofón agregó que haría la denuncia respectiva ante el Ministerio Público para seguir el debido proceso. Tortas y pan pintado y el ex Rector lo sabe.

Ya suficiente padecimiento tenemos con que inunden de publicidad los espacios públicos y los medios escritos, radiales y televisivos. La contaminación visual y auditiva también es una forma de violencia que está penada en países avanzados. Otra cosa fuera si los partidos se dedicaran a hacer propaganda. La publicidad –y los estrategas de campaña de los partidos le apuestan al marketing político- se emplea para vender un producto, en este caso, uno o dos o cien candidatos. La propaganda, por el contrario, busca atraer adeptos y, en el caso de las candidaturas, la oferta debiera girar en torno a un programa de gobierno o del ejercicio de una representación. Pero debe difundirse un esquema viable, construido sobre una plataforma ideológica para que no sea lo que quisiéramos que fuera sino lo que tiene y puede ser.

De hecho, pues, no sólo el país tiene perdido el rumbo. La encrucijada actual, tanto nacional como ciudadana, es frustrante. Cada proceso eleccionario debería ser una oportunidad de procurar cambiar las cosas. Pero está visto que lo electoral no resuelve nada y le seguimos apostando a lo eleccionario. Hemos permitido la desafortunada mediación de los partidos políticos en la selección de candidatos y los partidos emplean métodos de proclamación fuera de usos y costumbres: el delfinismo, la herencia, el clientelismo, la cooptación, la herencia, el mecenismo. Técnicas, todas ellas, reñidas con el concepto y práctica que manejamos de democracia. La democracia, para los partidos, es de una inmaculadez defendible cuando es externa y sui géneris y eludible cuando se practica al interior del partido.

Los candidatos que más apariciones públicas tienen han demostrado una mediocridad en el manejo de lo político que asusta. Y eso a todo nivel en la jerarquía de candidaturas. Las maniobras electoreras de postulantes y sus partidos denotan demagogia, vehículo de lo que tenemos actualmente como régimen, una oclocracia.

Sin embargo, al final estamos como al principio de esta reflexión. Votar, convierte. Votar, trastoca. Pero ¿qué tal si lo anterior es cierto y votar por un ricachón me hace automáticamente ricachón?

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1272 - 240807


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