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Han de estar y estarán…
Por J. Santos Coy - Guatemala, 18 de octubre de 2007

Érase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa, un costal y una linterna a saquear la casa de un vecino. Al regresar al alba cargado de los mal logrados haberes, el caco encontraba su casa desvalijada. Todos vivían en concordia e indemnes porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente hasta llegar al último que robaba al primero.

En aquel país el comercio solamente se practicaba en forma de embrollo tanto por parte del que vendía como del que compraba. El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos y, por su lado, los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos y no había ricos ni pobres.

Pero sucedió un día que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en vez de salir con el costal, la ganzúa y la linterna se quedaba en su casa y leía novelas. Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y entonces no entraban a robar.

Esto duró algún tiempo hasta que hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. “Cada noche que te quedás en su casa –le dijeron– es una familia que no comerá al día siguiente.” Frente a estas razones el hombre honrado no pudo oponerse. Así que también él empezó a salir por las noches para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había vuelta de hoja. Iba hasta un puente, se sentaba sobre la baranda y se quedaba allí, mirando pasar el agua. Volvía a su casa y la encontraba saqueada.

En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un centavo, sin tener qué comer y con la casa vacía. Hasta aquí no había nada que decir; era culpa suya. Lo malo era que de su modo de proceder nacía un gran desorden: él se dejaba robar todo y, en tanto, no robaba a nadie.

De esa manera, siempre había alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta: la casa que el honrado debió desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y ya no quisieron seguir robando. Y por el otro lado, los que iban a robar la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.

Los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos otros que se hicieron ricos y muchos otros que se hicieron pobres. Pero los ricos notaron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo, se volvían pobres y pensaron: "paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta".

Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes. Naturalmente, siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar ni de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban.

Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.

De esta manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres. Sin embargo, todos seguían siendo ladrones.

Honrado sólo había sido aquel fulano y no tardó en morirse de hambre.

…Y me monto en un potro, para que me cuenten otro.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1311


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