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Salto a la fama
Por J. Santos Coy - Guatemala, 29 de octubre de 2007

Marcos Camacho es un personaje desconocido para nosotros los guatemaltecos. Su apodo es “Marcola”. En reciente entrevista afirmó encarnar “una señal de estos tiempos”. Confiesa que cuando era pobre e invisible a él, Marcos Camacho, nunca lo miró la sociedad pero le importó poco, porque en ese tiempo era fácil resolver el anatema de la miseria porque él personalmente se hizo rico con la multinacional de la droga. Marcola se jacta de que ahora somos nosotros, los honrados, quienes nos estamos muriendo de miedo. “Nosotros –agrega- somos el inicio tardío de la conciencia colectiva social.”

Don Marcos es producto de las actuales sociedades divididas en América Latina. Pertenece y representa la “crema” del estrato social que surge en las décadas de los años ochenta y noventa en las que se generalizó la pobreza masiva, la informalización de la economía y de la sociedad y la exclusión de considerables contingentes de la población. De esa suerte, empezamos a convencernos que la exclusión masiva y transgeneracional en el ambiente urbano ha empezado a ser sinónimo de conflictos sociales y radicalización política. Latinobarómetro enriquece el asertivo debate con hechos incuestionables. Apareado a lo anterior, hay una profunda desconfianza hacia las instituciones formales de la democracia (Parlamentos o Congresos, partidos políticos, sistemas legales, persecución pública, cárceles y sindicatos). Dicho en pocas palabras, la principal consecuencia de la exclusión social ha sido el grave deterioro de la legitimidad de los órdenes civil, político y público.

Marcola, este personaje mencionado, es el máximo dirigente de una organización carcelaria de Sao Paulo denominada Primer Comando de la Capital (PCC).

A la pregunta de si él pertenece a la PCC responde afirmativamente y que se incorporó al crimen organizado porque entendió que ellos, los ciudadanos informales, “eran noticia solamente cuando había derrumbes en los asentamientos de las laderas de las montañas o en las canciones que hablan de la belleza de los amaneceres en Sao Paulo”. Le asegura al entrevistador que el problema de las pobres no tiene solución, que la “mismísima idea de solución es ya un error”. Plantea una ruta hacia la luz al final de la cueva diciendo que “en todo caso, una ruta hacia un estancamiento del crecimiento del problema del crimen organizado sería una tiranía esclarecida que saltara sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice y del Judicial que impide puniciones.”

Tenemos que reconocer que las ciudades importantes de nuestro país están en vías de replicar a escala, afortunada o desafortunadamente, lo que ocurre en las grandes metrópolis latinoamericanas. Tenemos que reconocer que en las propuestas –que no programas- de gobierno de los dos finalistas electoreros no se plantea nada que le apueste a frenar esa gran concentración de la pobreza nacional que emerge en forma creciente en los ambientes urbanos de Guatemala. Hay una brecha social que se agranda más y más con los días y que separa al bienestar de las elites y la clase media y la precariedad de los que sobreviven en los barrios populares. Son esos los espacios urbanos donde el denominador común de la pobreza, la exclusión social, la desigualdad y la marginalización copan lo económico, lo social y lo espacial. Allí se concentra la inseguridad urbana, la violencia y el miedo de los ciudadanos.

Marcola dice que no tiene miedo de morir mediante un acto violento. “Ustedes son los que tienen miedo de morir, no yo. Acá a la cárcel no pueden fácilmente entrar y matarme pero yo sí puedo mandar matarlos allá afuera.” En los barrios marginales, duro es reconocerlo, está el centro de lo insoluble mismo. “Ustedes –continúa Marcos- en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva ´especie´, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes”.

Marcola no deja de tener razón. Para nosotros la muerte, pese a los altos índices de muertes violentas que afectan ya a las clases bajas, sigue siendo un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón, por un cáncer de hígado seguido del rito del funeral y el entierro, la tristeza y el luto. La muerte para los marginados en las áreas pobladísimas de excluidos la muerte es el pan de cada día, amasado en la limpieza social y que tiene por morgue una zanja, un cafetal, un río de aguas negras o un callejón solitario.

Don Marcos, millonario, marginado, informal, excluido, reo condenado, antisocial, preso en un sistema carcelario, no penitenciario, hombre-bomba pregunta: “¿ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, de ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja! Yo leo mucho, sé más que cualquier graduado universitario pero mis hombres, mis soldados, mis leales son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país…”

Datos de la OIT (2004) registran que entre 1980 y 2002 el porcentaje de pobres en la región subió de 41 a 44%. En Guatemala el presente gobierno asegura que la pobreza en los últimos cuatro años se redujo en 4%. Esta relativa reducción la atribuyen los expertos, no a la mejoría de las economías internas sino a los efectos de la migración interna y al consiguiente incremento de las remesas. Desde otra perspectiva, en el mismo informe consultado, la OIT trata de demostrar que se ha producido un proceso de descomposición de clase y una reestructuración del orden social. Y es innegable que se ha evidenciado en nuestro propio país con el surgimiento, y alarmantemente con la reproducción continuada, de sectores paralelos que tienen su origen en la informalidad y que pueden ser enumerados y nombrados sectores económicos paralelos, jerarquías sociales paralelas y estructuras institucionales paralelas. Sin afán de ser catastrófico, esto nos esta llevando a la consolidación de un orden económico, social, político y cultural mucho más heterogéneo que se está consolidando en torno a la división entre la riqueza y la pobreza, entre la integración y la exclusión.

Y alarma no encontrar en las propuestas de los finalistas aproximaciones que intenten paliar el problema de raíz que es la pobreza. Una solución la plantea Marcola: “Les doy una idea aunque vaya en contra mía y de los míos. Capturen a los barones de la coca. Hay diputados, generales y hasta ex presidentes en el tráfico de drogas y armas. Designen usted a quién lo tiene que hacer”.

La pinta fácil este reo antisocial. Lo difícil es encontrar quién le ponga el cascabel al gato.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1318


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