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¿Cuántos más?
Por Kajkoj Maximo Ba Tiul - Guatemala, 17 de agosto de 2020
ajpop2004@yahoo.es

“Pueblo que se somete, perece”.

José Martí


Como dice Marcos Roitman, que “la realidad latinoamericana está maldita”(1). Una realidad que niega la verdad sobre lo que está pasando. No oculta la verdad y nos hace creer que vivimos en un paraíso. Por ser parte de un capitalismo colonial e imperial, nos obliga a negarnos a nosotros y a desconocer a los Otros. Nos obligan a pensar que Europa y Estados Unidos tienen la razón, que están mejor que nosotros y que debemos aspirar a ser como ello. No quieren que pensemos que esas civilizaciones están en crisis y que nos quieren arrastrar a sufrirlas.

Nuestra realidad está maldita, porque nos someten, hasta el punto de obligarnos a agachar la cabeza cuando vomitan todos sus discursos. En esta realidad los reyes y príncipes del siglo XXI, nos hacen creer en su verdad, aunque estemos engañados.

Es cierto que estamos inmersos en una pandemia, pero la pandemia más grande es la ignorancia y la pobreza. Si los derechos humanos básicos ya los habían convertido en mercancía, ahora ni siquiera eso va a ser. La educación, por ejemplo, estará en su nivel más bajo, porque se convertirá en norma la modalidad semipresencial. Los niños y jóvenes si ya de por si dejaron de ser sociables, con el celular y la Tablet en la mano, ahora será mucho peor, porque su escuela serán las cuatro paredes de su cuarto. En las áreas rurales, a los niños y niñas, les habían quitado ya la experiencia de convivir con la naturaleza, ahora estarán deambulando por los caminos y calles, con futuro mucho más incierto.

Esta maldición que cayó sobre nosotros desde hace cinco siglos, nos ha hecho asumir que la mentalidad del finquero, del corrupto, del criminal es la lógica. Por eso; se entrañan cuando los pobres hablan de paz y de solidaridad. Cuando los pobres hablan de que lo único que quieren es vivir como seres humanos. O se exige a los líderes políticos y económicos que sean más éticos y honestos.

Esta maldición que tenemos encima, no nos deja ser solidarios. No nos permite ser cómplices para la liberación. No nos permite comprender que muchos no están de acuerdo con el sistema y que cuando se manifiestan en contra el sistema, pensamos que son locos o salvajes.

La maldición que pesa sobre nosotros, no nos deja valorar la vida.

Nos limita a pensar profundamente en las causas de nuestros problemas, que no es porque “Dios quiere”, sino porque nos estamos muriendo por el putrefacto sistema político y económico. La muerte no es solo física, sino también espiritual, emocional y social. La cuarentena impuesta, no nos ha dejado ver al otro tal como es. “Si se contagia a mí que me importa”, es la frase común. Asumimos la frase inhumana y anti ética de Giammattei, “la gente tiene la culpa, ahora que se cuide”.

Por esa indiferencia, solo vemos volver al origen, a amigos y amigas, a hermanos y hermanas, mujeres, hombres, niños y niñas. Partieron no porque se hayan descuidado, sino porque el sistema los abandonó, como nos ha abandonado a todos. Se fueron porque ha podido más la corrupción que lo humano.

Y por esa maldición, que nos carcome, es que hemos aceptado, que “nosotros somos los culpables que el contagio siga”. Cuando en realidad, llevamos años, de tener gobiernos y políticos que se han robado los recursos y que son apoyados por empresarios, militares, sacerdotes y pastores. Gobiernos en quienes ha podido más su ambición y avaricia, que el sufrimiento de otro.

Cuando comprendamos que quienes han partido (más de dos mil por el COVID y otros más por el odio), ha sido porque nuestros países son gobernados por corruptos, asesinos y ladrones. Cuando lleguemos a esta total comprensión, entonces dejaremos de agachar la cabeza y con la frente en alto como debe ser, tomaremos plazas, calles, barrios, comunidades, aldeas y a una sola voz ya no diremos, que “viva el rey, sino que caiga el rey”. A una sola voz enarbolaremos la bandera de la libertad y cantaremos una canción que evoque la definitiva independencia. .

Es en ese momento, donde las palabras de Rubén Herrera, Padre Tomas Ventura y otros tantos más que cayeron sucumbidos por la indolencia del capital, resonaran en nuestros corazones, junto al grito de libertad. Ellos murieron porque no tuvieron, la oportunidad de ir a un buen hospital, como ahora lo tienen los funcionarios de gobierno, cuando debería ser lo contrario porque dieron todo por un país más humano.

Por eso es que duele, que hombres y mujeres humildes y esperanzadores, que estando en primera línea para combatir el COVID, caigan ante la mirada, inhumada y corrupta del gobierno, que ahora deja en manos de la población, lo que sembraron con su ambición e incapacidad.

Así como duelen quienes sucumben ante el COVID; también debe doler la partida de hombres y mujeres que sueñan con vivir en paz. Quienes son perseguidos por defender su tierra y territorio, como nuestro amigo Carlos Enrique Coy, que solo buscaba tierra para vivir y producir su comida y por eso fue desaparecido.

Duele igual la partida de Benito María, un hombre dedicado a la solidaridad. Dejó su natal Francia para asumir la vida de los Ixiles y Q’eqchi’. Cosa que muy pocos guatemaltecos lo hacen. Asesinado a balazos, por gente que pregonan el odio y la violencia. ¿Entonces cuantos más, para terminar con la maldición?.

 

(1) http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/formacionvirtual/201007210
12022/roitman.pdf, visto última vez el 13 de agosto 2020

 

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. En donde todos juntos nos tomemos de la mano, sin distinción de ninguna clase.

Este proceso que estamos viviendo hoy, no debe concluir en una mesa de diálogo entre mudos y sordos, por eso no al diálogo, este debe terminar con que todos y todas, nos propongamos a avanzar hacia nuestra emancipación. Se respira y se siente que algo nuevo puede pasar, pero necesita de todos y de todas nosotros y que los otros y otras, deben que los demás se unan. Decimos con Benedetti, “lento pero viene, el futuro se acerca despacio, pero viene”.

(1) Tomado del poema de Mario Benedetti.