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Rue Greneta
Por Luis Aceituno - Guatemala, 30 de noviembre de 2004
laceituno@elperiodico.com.gt

Llegué a la rue Greneta en algún momento indeterminado de 1982. Yo tenía algún tiempo de deambular por París, y alguien me habló de Luis Rivera y Raúl de la Horra. “Son escritores, buena gente, medio anarquistas y viven cerca de la calle de las putas”, me dijeron.

El apartamento quedaba en un altillo casi sacado de alguna película de Jean Renoir. Busqué a Luis para pedirle si quería colaborar en una antología de poesía guatemalteca que un colectivo de solidaridad con Guatemala me había encargado. Llegué como a las dos de la tarde y me abrió la puerta un tipo grandote con cara de acabarse de levantar. Era Rivera. “Vos sos de La Antigua”, me preguntó de primas a primeras. “Sí”, le contesté como con pena. “Yo también”, me dijo. Y entonces caímos en que nos habíamos conocido hacía muchos años, justo en una coronación de una reina del INSOL en donde yo había sido paje y él caballero de una de las damas de compañía.

Ése fue mi pase de entrada a ese espacio que con los años se fue volviendo legendario y que ha servido de escenario a no pocos escritos, historias, anécdotas y chismes de la literatura guatemalteca del exilio ochentero. Lo recuerdo ahora, luego de leer el artículo de Marta Sandoval sobre Akbal Rodríguez. Un lugar en donde circularon una cantidad considerable de libros, discos, ideas, pasiones, cigarrillos negros y botellas de vino. Me acuerdo haber sostenido ahí las discusiones más acaloradas e intensas que he tenido en mi vida. En realidad sobre todo: desde romanticismo alemán hasta los extraños hábitos de la vecina de piso, pasando por las películas de Woody Allen, la mejor manera de abordar quinceañeras solitarias en los restaurantes universitarios, y las razones que tuvo Van Gohg para quitarse la oreja.

En fin, de repente, todos nos fuimos marchando y parece que alguien compró el edificio y lo convirtió en un lugar elegante.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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