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Libre expresión
Por Luis Aceituno - Guatemala, 3 de mayo de 2005
laceituno@elperiodico.com.gt

Tres monos sentados en un motel.

Antes de entrar a cualquier reunión familiar mi madre me llevaba a un rincón y me decía: “Te portás bién, no vayás a decir palabrotas, ni a remedar a tus tías, ni a rayar las paredes, ni a meterte en las conversaciones de gente grande, ni a hablar con la boca llena, ni a hacer berrinches, ni a dar de gritos….”. Si las advertencias no hacían su efecto, me esperaban, por supuesto, una serie de sofisticados y efectivos pellizcos cada vez que de mi boca salía algún improperio.

Crecí en tiempos en donde la libertad de expresión era más bien un sueño de radicales ilusos. Y si a alguien se le ocurría reclamar este tipo de derechos, los metodos para hacerlo callar iban, por supuesto, más allá de pellizcos y jalones de orejas. Supongo que no es necesario recordar aquí la lista interminable de periodistas e intelectuales desaparecidos o muertos durante la ola de represión y de violencia que azotó al país en la segunda mitad del siglo XX.

Pero más allá de las causas nobles, conocí también gente que sufrió cárcel, persecución o tortura por razones que con los años se nos antojan más bien babosas: llevar el pelo largo, usar minifalda, escribir pintas en las paredes, nadar desnudos en el lago de Atitlán, cantar “en inglés” o, como mi amigo David, que, en tiempos de Arana, pasó seis meses en Pavón por andar en la 6a. avenida con una T-Shirtque tenía estampada la leyenda: “Guatemala es un zoológico”.

Ahora a nadie lo meten al tambo por andar de mechudo, pero no hay que olvidar que tatuajes y piercingsse vuelven cada vez más peligrosos. Expresarse con libertad en una sociedad enferma de silencio como ésta, siempre ha provocado conflicto. En fin, aquí la sabiduria sigue siendo patrimonio de aquellos tres monos sentados frente a un motel en la carretera a la Antigua.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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