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Santo y seña
Por Luis Aceituno - Guatemala, 28 de septimbre de 2005
laceituno@elperiodico.com.gt

Me llamo Bond, James Bond.

En una canción de Lou Reed hay un tipo llamado Manolo que, harto de su nombre, se va a Nueva York, se rasura las piernas, se pone tetas y empieza a ser conocido como Holly. En la página de edictos de La Hora también hay mucha gente harta de llamarse María Eulagia, por ejemplo. Entónces buscan un abogado para que las nombre legalmente Karym Sheryll o Jennyfer Shakyra, en su defecto. Una humilde manera de caminar por el lado salvaje.

Los nombres te marcan, por supuesto. Convivís con uno toda tu existencia y te procuran un lugar en el mundo. No es lo mismo Chana que Juana, o algo así decía mi abuela. En una serie de televisión de los sesenta, había un vaquero que cabalgaba y cabalgaba por el lejano oeste a la búsqueda de su nombre, lo había olvidado por alguna razón y en lugar de buscar un “licenciado” y ponerse Kevyn Alexhander, prefirió pasarse la vida buscando el propio, el que le había puesto su madre. Una historia para hacer llorar a cualquiera. A mí, me angustiaba. Me preguntaba que sería de mí, si me olvidaba, de repente, que me llamaba Luis Antonio. Ponerme Bond, James Bond, me parecía la solución más lógica. Eso me hubiera permitido, al menos, acostarme con Claudia Cardinale.

De todas maneras de nada hubiera servido ahora en que ya nadie me pregunta cómo me llamo. Prefieren preguntarme el número de NIT, y la pura verdad, me da una hueva terrible ir con un abogado para empezar a llamarme 680261-3 Aceituno Solórzano. Un pintor puso eso de moda, hace algun tiempo, cuando se rebautizó con su número de cédula. Me ha puesto en serios problemas. A mí me tomó años aprenderme el mío y me parece una descortesía preguntarle el de él cada vez que me lo encuentro. He optado por decirle simplemente A-1, total a un mi tió que se llamaba Trinidad, siempre le dijeron Trinis. Don Trinis, para ser más exacto.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 270905


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