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Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

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Bergman
Por Luis Aceituno - Guatemala, 31 de julio de 2007
laceituno@elperiodico.com.gt

Fue una experiencia extraña, reveladora e intensa.

Me parece que ocurrió en el verano boreal del 86, o quizás del 85. La ciudad estaba desierta y la mayoría de mis amigos estaba en la playa o recorriendo lugares que a mí se me antojaban exóticos. Yo necesitaba dinero y para conseguirlo, trabajaba de velador en un hotel para agentes viajeros. Llegaban cansados, se acostaban temprano y no jodían durante la noche. Lo demás era el silencio, un silencio extraño, como de pueblo sin gente.

Fue en esas circunstancias que ocurrió mi encuentro definitivo con Bergman. Durante un mes o más, el viejo Ingmar llegó todas las noches puntualmente a la cita, gracias a la generosidad de un excéntrico programador televisivo, que aprovechaba las vacaciones para programar lo que le daba la gana.

Yo conocía de Bergman, lo que conocía todo el mundo: El Séptimo sello, Gritos y susurros, Fresas salvajes, Fanny y Alexander… pero fue hasta ese verano que tomé conciencia plena de la magistralidad de su trabajo. Fue una experiencia extraña, intensa, de la que salí como quien sale de un sueño confuso en donde pardójicamente se ha comprendido todo.

Y yo de Bergman, me quedo con todo, pero si alguien me pusiera una pistola en la cabeza, posiblemente escogería El silencio (un niño, dos mujeres, un ciudad en donde lo único cierto son el calor, el deseo y el tedio) y luego, con Sonrisas de una noche de verano: un delicioso homenaje a Shakespeare, una celebración gozosa y casi subversiva de la libertad y el libertinaje, del amor, el deseo y el cuerpo. No creo que ninguna otra película me haya despertado tantas ansias de plenitud, de comerme la vida, como esta. Me robé sin ningún tipo de prejuicio una de sus escenas para solucionar un cuento. Un plagio descarado. Sin excusas. Una particular manera de decirle al maestro que me había marcado, o jodido, para siempre.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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