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Martínez Rivas
Por Luis Aceituno - Guatemala, 25 de septiembre de 2007
laceituno@elperiodico.com.gt

Mientras vuelo a las 8:00 de la mañana sobre el lago de Managua, trato de recordar algunos versos de Carlos Martínez Rivas. “A quienes no perdieron nada porque nunca tuvieron”, es el que se me viene a la cabeza. Ni siquiera sé a cuál de sus poemas pertenece o si en realidad pertenece a alguno.

Una línea leída al azar en cualquiera de sus textos, que por una oscura razón rebota en mi memoria, mientras aterrizo en la ciudad en donde se apagó, de rabia y de tristeza, uno de los más grandes poetas de la lengua española en el siglo XX.

Lo imagino vagando por las calles de ese “gótico tercer mundo, con un fondo de desechos”, ahogado en ginebra barata, al límite de su insurrección solitaria, escribiendo poemas de una rara belleza en todas las paredes: “Sí. Ya sé/ Ya sé que lo que os gustaría es una Obra Maestra/ Pero no la tendréis/ De mí no la tendréis”. La tuvimos, y de él, a pesar de todo, pero ahora yace sepultada bajo los escombros de nuestras utopías más extrañas, sofocada por el reggaetón, el calor asfixiante y los gritos de los vendedores.

Carlos Martínez Rivas nació en Guatemala, recuerdo. A nadie, por supuesto, se le ha ocurrido reclamarlo. La poesía no es un bien, como lo son las vacas o los bananos. Para qué sirven al final de cuentas los poetas y más en estos lugares: trópicos devastados y demasiado tristes, repletos de predicadores y de candidatos presidenciales. “Yo sólo disgusto tengo/ Un excelente disgusto, creo”

Camino por las calles de Managua, con una lluvia que me moja hasta los tuétanos. Pienso en Martínez Rivas, en Alfonso Cortés, en Joaquín Pasos, poetas calcinados en su propio fuego. Lo único que quedó fueron cenizas y el ruido ensordecedor de los zancudos, “la música repentinamente cortada por un rayo… el trueno el viento el polvo”.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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