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¿Ajusticiamientos extrajudiciales de las maras?
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 29 de enero de 2005

Hace algunos días me ocupé -en este mismo espacio- de las maras (buntas). Traté de analizar la causa de su proliferación, las razones psicosocioeconómicas de su aparición e hice un perfil de sus características más de bulto que nos pueden conducir a sacar o exprimir la esencia de su existir, de su "ser" pero la reflexión a la que me condujo la redacción de aquella columna titulada: "Los independientes territorios de las maras" y la constante lectura, visión o audición de noticias diarias en que, cotidianamente, se nos informa de más y más muertes de pandilleros, muertes y asesinatos que parecen firmadas por la mano de Mr. Hyde o por los horrendos crímenes que nos narra Borges en "Historia universal de la infamia", me ha hecho preguntarme -y preguntarles a otros- si sólo y exclusivamente estos episodios sangrientos y satánicos y "aleccionadores", con moraleja, son de la autoría exclusiva de las mismas maras, en sangrienta guerra interna (por diversas razones: narcotráfico, impuesto a los autobuses, etc.), o esta noche y día de San Bartolomé (preñada de los homicidios más asqueantes) cuenta con la colaboración de otros "grupos" sociales. Y la respuesta que me he dado yo y otros a quienes -como digo- he cuestionado en torno al tema, es coincidente. La muerte de los mareros y sus macabros hallazgos (como el de la cueva/arenera en El Campanero, Ciudad San Cristóbal) tiene el apoyo de otros sectores de la población que, o están hartos de ser víctimas de las treinta y nueve pandillas que funcionan en la capital, o -por el momento- se sienten virtualmente tan amenazados que se curan en salud antes de que les roben la Suburban último modelo, o el BMW o el Mercedes… Amén de los secuestros y otros delitos ya mencionados, que son el pan diario de cada día en Guatemala, en multiplicación vertiginosa bajo el gobierno de Berger, pese a sus promesas (de candidato) de que la violencia disminuiría durante su gestión y desempeño. Efectivamente, todos comenzamos a sospechar de que, además de la lucha y asesinatos internos interpandillas, hay algo más. Se trata de ejecuciones efectuadas por grupos ajenos a las maras (pero que las odian con razón o sin ella), como es y fue el caso de los niños de la calle o de los famosos sicarios en Bogotá, Medellín y Cali y también ¿quién lo ignora?, en Guatemala. O las golpizas a los afroamericanos por la Policía de su propio país o los crímenes contra homosexuales por cabezas rapadas y homofóbicos en general, y de etnias contra etnias como. Otra vez, en nuestra nación: "alma de la Tierra" o país de marca, o con marca, como se reza cierta promoción muy cuestionable de INGUAT.

La mayoría no dirá ni pío si se entera y constata documentadamente que los homicidios consumados en la persona del o de los mareros no son efecto exclusivo de ajustes de cuentas entre ellos por, ya lo he dicho, narcotráfico, secuestros en los que no todos los participantes quedaron "tablas" y recibieron el dinero que esperaban o el ya famoso impuesto territorial que, sobre todo el servicio urbano tiene que cancelar, con la complicidad de la Policía que se asusta al ver un marero o se hace la desentendida.
Porque la Policía es una mara más. Sin embargo, y para hablar con toda claridad, lo que es secreto a voces es que, grupos de personas adineradas, financian y sostienen pequeños "ejércitos" o pelotones (que se camuflan como "seguridad" de estos mismos pudientes) y que salen -de día o de noche- a secuestrar o matar a los mareros más notorios o más perjudiciales cuya fama de asesinos trasciende todos los estamentos sociales.

De alguna manera, y si el fenómeno de ajusticiamientos que he tratado de describir en volandas, fuese real, aunque difícil de demostrar mediante testigos que se presenten a tribunales por el miedo normal de hacer ese papel judicial, lo que estaría ocurriendo en Guatemala sería otra suerte de enfrentamiento armado interno o de guerra civil: Poderosos empresarios o finqueros adinerados, subvencionando grupos parapoliciales con el fin de ajusticiar a las maras y acabar con ellas. Pero lo grave de la situación es que ellas son como cola de lagartija (según la creencia popular) que aunque se corten (es decir, se poden o se asesinen) vuelven a crecer. Retoñan.

Ajusticiar, solapadamente a los mareros es un paliativo mínimo. Jamás una medicina o una curación que remueva la enfermedad. La enfermedad anida en los sobacos y en los hoyos pestilentes de nuestro colectivo, pestilencia que tratamos de disimular con desodorantes ambientales, pero cuyo mal olor es imposible de ocultar a un olfato menos fino y delicado.

En realidad, de esa manera no se va a acabar con las maras, por un lado. Y por otro lado, se está conculcando principios de justicia, derecho y derechos humanos que, a la larga, nos llevarán por una vía aún más dolorosa: la de un país en guerra interna que se descontrola y desgobierna y donde cada quién se hace justicia por su propia mano. Sé muy bien que estamos frente a un dilema. El problema es eminentemente político y social y tratamos de combatirlo con más violencia, esto es, echándole más leña al fuego. El nacimiento de las maras (que no es de ahora, pero que se han multiplicado pavorosamente durante el último año) se debe por un lado, a la forma como tratamos a los niños y adolescentes en la miseria: con absoluta indiferencia y animadversión excluyente. Estamos acostumbrados a que lo miserables vivan en covachas y con desagües a flor de tierra ¿y qué?, y si protestan (ahora que protestan) se les mata de un balazo ¿y qué?, y si hacen manifestaciones y "alteran el sagrado orden público" de los pudientes, se les silencia con los procedimientos más diabólicos ¿y qué?, mas este estilo violento de vida y de cultura sólo nos ha hecho un país donde todos vivimos un infierno de terror, donde nadie duerme ya con tranquilidad, donde mandamos a los hijos a la escuela entregándoselos al destino. Donde el que puede se arma hasta los dientes, porque de lo primero que se desconfía es de la Policía que extorsiona y muerde a diestra y siniestra porque lo es…
Y entre más días, semanas, meses y años pasan, en y de esta vida violenta, más nos hundimos en el excremento del diablo y viene otro gobierno y otro y otro que se dedican a la corrupción y no a gobernar.

Sin tomar partido ni expresar en este texto un juicio de valor (obviamente moral) acerca de la conveniencia o no de ajusticiar "por la libre" a los mareros, invito a reflexionar, más profundamente, a dónde nos ha conducido estos fusilamientos extrajudiciales que desde hace tanto practicamos (entre los más dulces, la ley fuga) y si conviene o no transvalorar a nuestra sociedad, para acercarnos siquiera un poquito a la efectividad de una seguridad pública, de una Policía no emporcada y de respeto por la justicia y por la ley. Justicia social, y aplicación de la ley severa y al pie de la letra.


Fuente: www.lahora.com.gt

 

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