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Nos vamos acomodando
Por la redacción de La Hora - Guatemala, 1 de julio de 2005

Es terrible decirlo, pero la violencia que viene afectando a la sociedad guatemalteca desde hace ya varios años, ha hecho que aprendamos a vivir con ella y nos acostumbremos a enterarnos de los hechos criminales con cada vez mayor naturalidad. En efecto, una de las consecuencias de ese persistente bombardeo que recibimos los ciudadanos al enterarnos no sólo de la cantidad sino de la bestialidad de tanto crimen, es que de una u otra manera perdemos la sensibilidad y asumimos una actitud que pretende cubrirnos con una especie de coraza.

Mientras el crimen no nos afecte de manera directa, todo lo demás es recibido con una naturalidad que causa espanto y que debe preocuparnos, porque una sociedad que pierde su capacidad de conmoverse ante el sufrimiento ajeno, está condenada a hundirse en espirales incontenibles. Es más, creemos que en el caso de Guatemala es motivo de alarma el que cuando se habla de algún asesinato, lo primero que hagan los interlocutores es buscar la explicación para ese crimen en particular. De inmediato se supone que se trata de pleitos entre pandillas, de problemas entre narcotraficantes o, en el más benevolente de los casos, de un infortunado intento por el robo de un auto o un celular.

Siempre hemos considerado que uno de los efectos más terribles de la violencia vivida durante el conflicto armado interno fue la generación de una espantosa cultura de la muerte que nos acostumbró a vivir en un medio en el que se da por sentado que los problemas se resuelven mediante el uso de la fuerza y la violencia. Que la eliminación de quienes son problema es realmente la respuesta colectiva y por ello si los muertos son personas que tienen la apariencia de pertenecer a una de las maras que operan en el país, mucha gente no sólo no se inmuta sino que hasta considera correcto el hecho y apropiado el castigo. Cuando vemos a los niños en la escena del crimen y notamos que para muchos de ellos ver un muerto más no constituye ninguna impresión ni causa de espanto, tenemos que entender que estamos formando generaciones que van a vivir con ese sello de violencia que se ha marcado indeleblemente en la actitud colectiva de los guatemaltecos. Acomodarnos a la existencia del crimen y la violencia, al punto de que la terminamos viendo como quien ve llover, es un efecto en verdad tenebroso de la situación que estamos viviendo porque desde ya está condicionando nuestro futuro. La sociedad tiene que hacer un esfuerzo por recobrar su capacidad de conmocionarse ante el crimen porque sólo así podremos estructurar un frente común contra la violencia.

Fuente: www.lahora.com.gt

 

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