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Dinero y política
Por la redacción de La Hora - Guatemala, 20 de agosto de 2005

Cada día la democracia depende más del financiamiento porque la política se ha vuelto una actividad más de mercadeo y promoción de imágenes que de difusión de ideas y debate ideológico. Mucha gente considera que el Estado no tiene por qué interferir en la forma en que los inversionistas quieren colocar su dinero en política y se oponen tenazmente al establecimiento de mecanismos para controlar no sólo los gastos de campaña, sino que el origen del dinero que se usa para sufragarlos.

De acuerdo con la más arraigada tesis de los promotores de la libertad económica, cada quien es libre de hacer lo que le venga en gana con su dinero y no debe existir mecanismo de ley que se encargue de supervisar el origen de los recursos que gastan los políticos en campaña. Hay, sin embargo, un razonamiento que los tiene que obligar a meditar seriamente, puesto que cada vez es más claro el interés que tiene el crimen organizado y el narcotráfico en influir políticamente y ya aprendieron la enseñanza del empresariado, en el sentido de que la forma de controlar a los políticos es convirtiéndose en sus financistas.

Porque la verdad es que muchas de las democracias de estos países y aún de las grandes potencias, se han convertido en un auténtico mercado en el que las influencias se trafican desde la misma campaña electoral. Estados Unidos, un país que tuvo durante muchos años controles para evitar ese tipo de nefastas influencias, se perdió por el surgimiento de grupos particulares que no tienen oficialmente filiación política y que pueden realizar propaganda sin rendir cuentas a las autoridades y que son ahora el brazo más fuerte de los candidatos. Esos grupos son los que pagan los espacios en radio, prensa y televisión para realizar campañas agresivas y destructivas sin que el candidato y el partido beneficiado parezca tener responsabilidad en los ataques.

En Guatemala es claro que el poder político está condicionado desde hace mucho tiempo al poder económico porque para aspirar a la presidencia los políticos tienen que vender su alma. El mito del dinero desinteresado y que se ofrece con puro interés patriótico es cada día más evidente y experiencias a las que se puede poner nombre y apellido indican el nivel de influencia y de privilegios que se pueden asegurar quienes apuestan al financiamiento político. Y que conste que no se trata sólo de individuos, sino de sectores productivos completos que han dado buena cantidad de dinero pero se han asegurado privilegios extraordinarios que les aseguran su posición preferencial. Los empresarios que defienden esa práctica no se dan cuenta que no podrán competir con el dinero sucio del crimen organizado y que tarde o temprano perderán sus privilegios a manos de ese “capital emergente”.

Fuente: www.lahora.com.gt - Editorial


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