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Ahora más que nunca
Por la redacción de La Hora - Guatemala, 6 de octubre de 2005

La crisis provocada por el desastre natural que causaron las fuertes lluvias derivadas de la confluencia de varios fenómenos tropicales sobre el territorio nacional, no sólo volvió a poner en evidencia nuestras flaquezas y la vulnerabilidad de tanta gente que vive en condiciones de miseria, sino que sacó a luz, más que nunca, la incapacidad de un Estado que hemos ido adelgazando hasta hacerlo totalmente inútil e infuncional.

Aquella estructura que tenía el Estado de Guatemala en 1976 cuando ocurrió el terremoto no existe ni por asomo y las entidades públicas, empezando por el Ejército, no tienen capacidad de respuesta porque paso a paso se ha ido destruyendo al Estado y a sus instituciones. Hasta en la red vial vemos que el gobierno depende de una estructura privada que, por supuesto y con toda la lógica del mundo, se mueve al ritmo de sus utilidades y no de las necesidades públicas. En general, la tendencia ha restarle protagonismo al Estado, como parte de la corriente ideológica que lo supeditó al mercado, ha sido de tal envergadura que ahora no existe ni siquiera una entidad con suficiente poder para hacerse cargo de una efectiva coordinación de los esfuerzos de atención a las víctimas.

Ayer miles de guatemaltecos clamaban por la presencia de alguna autoridad para llevarles agua y pudimos ver que mientras los equipos de prensa alcanzaban a llegar a recónditos lugares de la costa, los equipos de socorro no aparecían y la gente no tenía ni siquiera agua potable para calmar la sed. La reducción del Estado, llevada al extremo como resultado de una absurda postura de dogmatismo ideológico, tiene consecuencias que se ven cabalmente en las épocas de crisis como puede ser un desastre natural como el que ahora vivimos y que supera a los efectos del Mitch, o como podría ser un desastre provocado por un estallido social.

Si hemos de aprender de los errores y sacar lecciones de los reveses, este momento es ideal para entender que ha sido una burrada (no hay otro calificativo) pretender la aniquilación del Estado como parte de una teoría económica orientada a privilegiar a un sector de la población. No tenemos instituciones capaces de asumir el papel que les corresponde ante una emergencia y las víctimas se están quedando sin posibilidades de atención. Durante las horas inmediatas al terremoto de 1976, la organización de la sociedad fue resultado de una ágil iniciativa del Estado para coordinar el esfuerzo y un liderazgo que encontró eco en las instituciones. Hoy no disponemos de la estructura para atender a los más necesitados porque la reducción del Estado terminó por aniquilarle sus funciones básicas.


Fuente: www.lahora.com.gt - Nota editorial


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