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Protección moral
Por la dirección editorial de La Hora - Guatemala, 12 de noviembre de 2005

El Vaticano ha anunciado su decisión de prohibir la ordenación sacerdotal de homosexuales, vía el control en la selección de los seminaristas que aspiran a convertirse en sacerdotes. El tema tiene que generar polémica en un mundo que analiza con ojos muy diferentes el homosexualismo, pasando por alto los patrones del pasado que obligaron a muchos de quienes practicaban esa orientación sexual a “meterse al clóset”, del que ahora salen con absoluta tranquilidad en un mundo menos exigente.
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En el caso del sacerdocio, es indudable que hay un problema serio en cuanto a la influencia que se ejerce desde el confesionario y el púlpito. La autoridad moral de que está investido un sacerdote lo convierte en un verdadero peligro para personas con poco carácter o que están en proceso de formación, puesto que al verlos como ministros del culto y responsables de la propagación de la fe, pueden influir de manera muy directa y por ello aunque exista tolerancia hacia el fenómeno del homosexualismo, situaciones particulares lo hacen delicado porque se prestan a daños muy serios que pueden marcar para siempre a quienes sufren esas experiencias.

El tema es, por supuesto, difícil de abordar y resulta sumamente árido porque se hieren susceptibilidades. Pero indudablemente que las denuncias presentadas en varios países, incluyendo el nuestro, sobre abuso sexual contra jóvenes por parte de sacerdotes, tuvo un efecto positivo en cuanto a la consideración del Vaticano para enmendar sus procedimientos. Inicialmente las autoridades eclesiásticas se enconcharon calificando de tendenciosas y anticatólicas las acusaciones, como si el problema de la pedofilia y el homosexualismo no existieran. Hoy, por fortuna, el mismo Papa que en su calidad de superior de la congregación de la fe había descalificado los señalamientos, procede a dictar la norma que previene para el futuro, en la medida de lo posible, el problema.

Existe, sin embargo, un problema que tienen que manejar las autoridades eclesiásticas en cada diócesis, y es que la norma no tiene efecto retroactivo y, sin duda, el problema existe. Tanto así como para que el Vaticano lo tome en serio para definir sus políticas de ingreso a los seminarios y por lo tanto cada obispo en su diócesis tiene que actuar con celo para evitar que ocurran situaciones lamentables. Y entender que las críticas y señalamientos no son para nada un ataque a la religión católica, sino que producto de una realidad que también se quiso “meter al clóset”, pero que para bien de la Iglesia, el mismo Vaticano ha ventilado de una forma que nos parece acertada y constructiva.


Fuente: www.lahora.com.gt - Nota editorial


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