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Sigue la violencia
Por la dirección editorial de La Hora - Guatemala, 3 de diciembre de 2005

El crimen cometido ayer contra una mujer y tres niños en la zona 7 evidencia los niveles de salvajismo y brutalidad que sufrimos en Guatemala y nos debiera obligar a una profunda reflexión sobre el papel que asumimos los ciudadanos ante esa situación. A priori, sin mayor investigación, se concluye que los crímenes más brutales están ligados al narcotráfico y que son parte de virulentos pleitos entre los narcotraficantes que no se detienen en el ataque entre sí, sino que matan a los familiares.

Puede ser que muchos de los crímenes cometidos tengan ese origen, pero lo cierto del caso es que niños inocentes que mueren en medio de una notable indiferencia pública son un aviso para una sociedad que nuevamente está endureciendo sus corazones y que se desentiende del problema grave que es la violencia. Si la misma no nos afecta de manera directa, tratamos de cerrar los ojos a la realidad y continuamos nuestra vida como si tal cosa, pidiendo a Dios que no nos toque a nosotros sufrir los embates.

El problema es que tenemos una sociedad extremadamente violenta y una sociedad incapaz de actuar frente a la criminalidad. Nuestras instituciones de seguridad y justicia han colapsado y no tienen ni fuerza, ni disposición, ni voluntad política para iniciar una labor frontal contra el crimen. Sospechamos que, peor aún, en algunos casos por lo menos hay agentes del Estado involucrados en la violencia mediante las llamadas acciones de limpieza social y por ello es que nos cuesta tanto aceptar como válida la pronta explicación que se da para muchos de los crímenes, en el sentido de que son resultado de pleitos entre pandillas rivales.

El asesinato de niños constituye sin duda alguna la peor muestra de la degradación que nos ha provocado la violencia persistente en el país. Puede ser que los infantes tengan alguna relación de parentesco con delincuentes dedicados al más aberrante crimen del narcotráfico, pero eso no justifica su brutal asesinato. Indigna ver que tres menores de edad mueren en una balacera posiblemente dirigida a eliminar a la mujer que conducía el automóvil, pero los criminales no se detuvieron ni siquiera ante la presencia de los niños.

Y si fuera un caso aislado podríamos decir que es chocante y brutal pero sin que llegue a formar parte de un patrón de conducta. Sin embargo, y para vergüenza del país, es un caso que se ha repetido en demasiadas ocasiones y que confirma que estamos hundidos en niveles de salvajismo que espantan y que rebasan los límites de la comprensión humana. Hemos caído demasiado bajo y quién sabe si en esas condiciones podremos salir adelante.

Fuente: www.lahora.com.gt - Nota editorial


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