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Como el cangrejo
Por la dirección editorial de La Hora - Guatemala, 7 de diciembre de 2005

Cada día que pasa, y conforme se acerca la Navidad, el clima de inseguridad en el país va en aumento y se suceden crímenes de todo tipo. Lo más alarmante, sin embargo, sigue siendo que Guatemala está de vuelta a las épocas tenebrosas, cuando los cadáveres a la vera del camino eran el sello característico de un país violento. Ayer publicamos el aparecimiento de cinco cuerpos de jóvenes que las autoridades vinculan con las maras, asesinados en lo que oficialmente se presenta como un pleito entre pandillas que pusieron fin a un pacto que les aseguraba la pacífica convivencia.

Puede ser que las muertes respondan a ese origen que sostienen las autoridades, pero las mismas probabilidades hay de que se trate de alguna forma de ejecución practicada por escuadrones de la muerte que realizan lo que de manera en extremo eufemística se conoce como “limpieza social”. Es sabido que ante la crisis que hay en el sistema de administración de justicia, cada vez es más común ver que personas o grupos decidan cobrársela por propia mano y no sería nada extraño que parte del aparato de seguridad estuviera actuando de esa forma.

Guatemala es un país que está mostrando deficiencias terribles en el plano institucional al punto de que la calificación de estado fallido parece ir quedando corta para la dimensión de la crisis. Más que un estado fallido, parecemos ser un estado colapsado en el que las instituciones no pueden cumplir los fines para los que fueron creadas y nada lo muestra mejor que la incapacidad para ponerle coto a la violencia.

Lo peor de todo, en el fondo, es que la sociedad se ha dado por vencida y se resigna a sobrevivir con la esperanza de que los embates de la violencia no le alcancen. Ver que muere la gente a nuestro alrededor ha dejado de ser impactante, dejó de causar conmoción porque es de tal calibre la expresión del crimen, que si pasa el día y uno se libró de sus garras tiene que darle gracias a Dios.

Lo peor de todo es que como sociedad aceptamos y justificamos, aunque solo sea por silencio y omisión, que se practique la llamada limpieza social porque, arrinconados como estamos por la inseguridad, se piensa que al menos de esa forma algo se hace contra reales o supuestos delincuentes. Pero repetimos que el país y la sociedad se prostituyen en forma peligrosa y que tarde o temprano vamos a pagar las consecuencias de esa indiferencia social que agudiza la crisis del Estado y profundiza el colapso de las instituciones de la vida civilizada.

Fuente: www.lahora.com.gt - Nota editorial


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