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Olor a pólvora
Por la dirección editorial de La Hora - Guatemala, 17 de diciembre de 2005

Creemos que vale la pena defender y promover las principales tradiciones del país, pero existe una que a nuestro juicio es totalmente absurda, costosa y dañina, porque ningún beneficio se obtiene de esa tradición chapina de celebrar las fiestas, especialmente las de Navidad y Año Nuevo, con ese intenso olor a pólvora y el estruendo causado por todo tipo de artefactos pirotécnicos.

Anualmente se queman enormes cantidades de dinero y por si ello no fuera suficiente, el Estado y la sociedad tienen que gastar mucho más para atender a las víctimas de los accidentes que inevitablemente se producen. Por más medidas de prevención que se implementen, la naturaleza misma de los cohetes y artefactos pirotécnicos hace que siempre exista un peligro para quienes los maniobran y fabrican, por lo que sentimos que es del caso que los guatemaltecos aprendamos a celebrar de otra forma nuestras fiestas.

Así como con inteligencia la mayoría de hogares que gustan de la tradición de la “Quema del Diablo” aprendieron a hacerlo con piñatas en vez de los contaminantes fogarones de basura, también tenemos que aprender a actuar de manera distinta frente a esa tendencia tan marcada a usar la pólvora como sello de estas fiestas. En los años sesenta hubo una drástica prohibición para la quema de cohetes en el país luego de que aprovechando el estruendo de la cohetería fueron asesinadas varias personas en el marco del conflicto político. El Gobierno dispuso una veda que tuvo efectos positivos no sólo por la reducción de los accidentes sino también por el ahorro para familias que se gastan dinero necesario para comer en la quema de artefactos de pólvora.

Nos gusta la Navidad con su olor a manzanilla y con el gusto del tamal y el ponche; pero la navidad con olor a pólvora nos parece incongruente con la celebración y, sobre todo, con la realidad económica y social de un país que tiene tantas carencias como para desperdiciar sus recursos y convertirlos en ruido y humo en cuestión de pocos minutos. Es imposible cuantificar lo que el país gasta en cohetes, silbadores, bombas voladoras y demás artefactos estruendosos, pero sin duda que constituye una gran cantidad de dinero. Cierto es que hay familias que viven de la fabricación de cohetillos, pero eso no quita que estemos quemando literalmente los recursos del país.

La prevención de accidentes y la economía tendrían que ir provocando un cambio de actitud para desterrar una tradición que no tiene aspectos positivos, por donde quiera que se le estudie, pues literalmente es un caso de mucho ruido y pocas nueces.

Fuente: www.lahora.com.gt - Nota editorial


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