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Los hijos de Jack El Destripador
Por Sergio Ramírez* - 28 de diciembre de 2004

Malas noticias esta Navidad. Cerca de 500 mujeres habrán sido asesinadas en Guatemala cuando termine este año, tanto o más que en Ciudad Juárez, donde hasta ahora se ha concentrado la atención de los organismos de derechos humanos y de la opinión pública en general. Un espejo sangriento, de los muchos que reflejan el drama de América Latina.

Contando a partir del año 2001, ya son mil 500 las mujeres víctimas en Guatemala de esta mortal persecución, una razzia sin respiro ejecutada por hombres. Hombres contra mujeres. No puede dejar de anotarse este patrón sexual, dada su macabra constancia.

Los hijos de Jack El Destripador andan sueltos, cobrando víctimas a las que en muchos casos degüellan o cortan en pedazos que esparcen por distintos puntos. Pero según los libros de registro de la morgue, las hay también muertas a tiros, estranguladas o acuchilladas o golpeadas hasta la muerte. Madres solteras, trabajadoras de fábricas, inmigrantes pobres, y también prostitutas. La mayoría de ellas son adolescentes, y jovencitas no mayores de 20 años, habitantes, también en su mayoría, de barrios marginales.

La cifra de víctimas crece año con año en Guatemala e igual que en Ciudad Juárez, la inmensa mayoría de estos asesinatos queda sin castigo, por incompetencia y desidia policial o por complicidad. De los 383 casos de asesinatos de mujeres ocurridos en Guatemala en el año 2003, sólo 10 fueron resueltos. Pero por lo que traen las noticias, los hechores son señalados con preferencia entre las pandillas de maras salvatruchas guatemaltecos, émulos de sus vecinos salvadoreños, de los narcotraficantes, de los delincuentes comunes, de la propia policía. Y de los machos exaltados.

¿Estamos frente a una exacerbación maligna del machismo? La mayoría de las víctimas son violadas antes de ser asesinadas. Y también no pocos de estos casos se relacionan con la violencia intrafamiliar, donde el hechor es el hombre de la casa, que abusa de las hijastras, y aun de sus propias hijas de sangre, y termina asesinándolas, y asesinando también a su compañera de vida; Jack El Destripador enseña también una marca doméstica.

Las víctimas tienen todas un rostro. Podemos hallar sus historias en las páginas de los diarios, ver sus fotografías. Magali Urbina, por ejemplo. Emigró desde Nicaragua en busca de mejores horizontes de vida, y logró establecer una tienda de ropa en la Sexta Avenida de ciudad Guatemala. Los maras pandilleros, que de delincuentes juveniles han pasado a ser asesinos hechos y derechos, insistían en cobrarle protección, al mejor estilo de Chicago, protección que ella, agobiada de deudas, no podía pagar.

Entonces, a principios de diciembre, entraron de noche a la casa, en el poblado de Mixco, y después de una salvaje sesión de torturas asesinaron con cuchilladas en la garganta a Magali y a sus dos pequeños hijos, junto con Luz Maité López, que se hallaba en estado de embarazo y vivía allí mismo con su niña de apenas año y medio; aparentemente Luz Maité trató de huir, porque su cuerpo fue hallado en el patio. La niña, de su mismo nombre, resultó la única sobreviviente, y cuando la policía entró varios días después de la masacre, la encontró entre las víctimas, de cuya sangre se había alimentado, según narra la crónica policial.

Poco antes otra nicaragüense, Luz Marina Aragón, que vivía en San Juan Sacatepéquez, había sido asesinada también después de ser secuestrada en plena calle. Su cadáver fue despedazado y partes del mismo aparecieron en diferentes sitios de la ciudad de Guatemala dentro de bolsas plásticas. Ella es sólo otro nombre, otro rostro, sin embargo, entre tantos. Cada mes ha habido noticia este año de un promedio de al menos 40 crímenes contra mujeres cometidos en Guatemala. Más de uno al día. Suficiente para que los lectores se rebelen en su conciencia, o esa conciencia se adormezca bajo el peso de la repetición.

Como el caso de Luz Marina, no pocos están relacionados con secuestros para conseguir rescate, aunque se trate de rescates exiguos, dada la condición poco afortunada de las familias de las víctimas. O con ritos satánicos, según la policía, como ocurrió con dos adolescentes sacrificadas en una casa del barrio de San José de las Rosas, en la periferia de la ciudad. Pero dados los despiadados patrones de saña y frialdad con que los crímenes se ejecutan, su naturaleza es por sí mismo satánica. Un rito del diablo.

No se trata simplemente de notas de la página roja. Tanto en Ciudad Juárez como en Guatemala estamos frente a un mal que se vuelve ya endémico, una carnicería en la que las víctimas propiciatorias representan la parte más débil y vulnerable de una sociedad lastrada por los males de la pobreza y por la disolución que trae consigo la miseria.

Todas son mujeres. Y aunque se trate de malas noticias, no hay que olvidarlas en esta Navidad.

* Escritor nicaragüense (www.sergioramirez.org.ni/)


Fuente: www.lajornada.unam.mx


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