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La revolución en marcha
Por Luis Bilbao - Guatemala, 10 de junio de 2005

El capital sabe que frente a la revolución sólo hay dos recursos.

Roto e irreparable el mecanismo que sostuvo hasta el 7 de junio al renunciante presidente Carlos Mesa, se despliegan en Bolivia las fuerzas de la revolución: obreros, campesinos e indígenas ocupan campos petrolíferos en Santa Cruz de la Sierra y en Sisa Sica cortan el paso de crudo hacia Arica; La Paz continúa ocupada por mineros, jóvenes y pobladores de El Alto; miles de campesinos e indígenas acuden a bloquear los accesos a Sucre, donde pretende reunirse el Congreso en desesperado intento de las clases dominantes por sostener el andamiaje de un poder que se desploma.

No es sin embargo un sucesor de Mesa el medio escogido para enfrentar la insurreción popular. Las disputas por entregar el mando al presidente del senado, el de diputados, o al titular de la Suprema Corte de Justicia -este último podría convocar a elecciones adelantadas- son solo argucias para ganar tiempo. Dentro y fuera de Bolivia el capital sabe que frente a la revolución, solo restan dos recursos: la disgregación territorial del país y la intervención militar desde el exterior.

Por eso el jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, general Ben Craddock, arribó de sorpresa a Buenos Aires en coincidencia con la renuncia de Mesa y su pedido a Brasil y Argentina para que intervengan en la solución de la crisis. Craddock evalúa su respuesta junto con los titulares de los ejércitos del Mercosur y el de la propia Bolivia, mientras los gobiernos de Néstor Kirchner y Lula da Silva enviaron respectivamente como mediadores a Raúl Alconada Sempé y Marco Aurelio García.

He allí las tres grandes fuerzas protagonistas de un momento crucial para la región: obreros, campesinos e indígenas de un lado; del otro el imperialismo estadounidense en su expresión más cruda de amenaza militar; y dos gobiernos clave a los que se les propone una solución análoga a la empleada en Haití: enviar tropas con una doble excusa: “mantener la paz, ayudar a la democracia”; e “impedir que sea Estados Unidos quien despliegue en Bolivia el dispositivo militar”.

Pero si aquella falacia pudo ser hasta cierto punto disimulada ante la población, su repetición respecto de Bolivia no tendrá la misma oportunidad y, si acaso pretendiera reeditarse, ambos gobiernos serían abierta e inmediatamente identificados como instrumentos de la contrarrevolución manipulados para yugular la justa sublevación de un pueblo en defensa de sus riquezas naturales saqueadas durante cinco siglos y dispuesto a tomar el destino en sus manos.

De modo que en Bolivia, además de la revolución nacional, participativa y antimperialista que ya choca en las calles con las empresas multinacionales y los capitalistas locales, se juega la definición concreta de dos gobiernos que, nacidos de una voluntad popular análoga, han recorrido el sinuoso camino del doble discurso y la inútil búsqueda de una tercera vía entre la revolución y la contrarrevolución.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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