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Otra masculinidad es posible (deseable y urgente)
Por Lorena Carrillo - Guatemala,12 de marzo de 2019

«Odié a mi padre con todas las fuerzas con que un niño puede odiar a quien lo humilla. Pero algo sucedió: me quedé mirando sin poder escapar del reflejo: soy idéntico a papá». Ignacio.

«Creo que alguna vez le dio alguna bofetada a mi madre, pero ella ya era adulta, se po-día haber ido, mas era su obligación cuidarnos, ¿no? Si no, ¿para qué tienen hijos las mujeres? No, de ninguna manera la estoy culpando, pero tampoco voy a justificarla». Pablo.

«Papá se comportaba como un macho de película, como un macho del mundo animal que no quiere dominar sus instintos ni sus pulsiones». Gerardo.

«Sí, me confesó que mi papá solo podía tener erecciones si fingía que la violaba, y que muchas veces, en efecto, la violaba». Ismael.

«Yo siempre dije que eso de ser macho es de película mexicana, que ya no sucedía; pero ahora reconozco que el machismo es eso… la doble moral, el poder, el abuso, la mentira, el sentimiento de superioridad para perjudicar a otros». Bartolomé.

«Desprecio… tal vez esa es la palabra correcta de lo que sentía por él cada vez que hu-millaba a mi madre. Ella sabía torearlo, no entiendo cómo». Matías.

«Yo no soporto que los hombres usen a las mujeres como escaladoras de sus propias carencias, ya sea intelectuales o emocionales. A cada quien le toca analizar su vida, ¿o no?». Tomás.

«Efectivamente, el abuelo era un abusador; violaba a mi padre y a su hermano. El tío que abusaba de mí se llama Ernesto; eso es, a los canallas por su nombre». Tadeo.

«Luego otras veces sí, a veces mi papá me hacía castigos que más que la verdad sí eran feos para un niño, pero yo se lo agradezco porque me hizo hombre». Juan.

«¿El machismo? Para mí es una enfermedad social, una violencia contagiosa y difundi-da por todos los medios; el principal es el ejemplo». Alberto.

Estos son fragmentos de once de las trece entrevistas/testimonios que ocupan casi la primera mitad del reciente libro de la periodista Lydia Cacho, #Ellos hablan. Testimonios de hombres, la relación con sus padres, el machismo y la violen-cia, publicado por Grijalbo en 2018. Leer los testimonios completos resulta estre-mecedor. En su crudeza y simplicidad, el conjunto de los testimonios ofrecen un pano-rama transparente y desolador: los hombres son las primeras víctimas de la violencia machista, con el agravante de que a ellos se les violenta con propósitos formativos. Pero lo interesante de estos testimonios no radica solamente en que ponen al descubierto el mecanismo originario de la reproducción del modelo de la violencia machista como es-tructura fundamental de la masculinidad, sino en su función de preámbulo para la com-prensión de dicho modelo como paradigma de sociabilidad. El modelo de la masculini-dad violenta y machista aprendido y reproducido en la familia es el que estaría detrás de la naturalización de las violencias de todo tipo e intensidad que caracterizan a las rela-ciones sociales asimétricas y simétricas: las humillaciones al trabajador por el patrono; el bullying a compañeros(as) de salón en la escuela o en el trabajo; la descalifi-cación y desprecio social y personal, incluso de parte de las mujeres, a los hombres que no siguen la norma machista. En ese modelo de masculinidad no solo se aprende a tra-tar a las mujeres y en general a los «débiles» con desprecio y abuso desde la niñez, tam-bién se aprende y se practica, hasta interiorizarla, la desconfianza y alienación de los propios sentimientos: expresar amor, compasión, tristeza, empatía, debe reprimirse y en lo posible, erradicarse. Bajo semejante «entrenamiento», la masculinidad machista sería factor esencial para explicar individual y socialmente los códigos de todas las formas de la violencia social: guerra, crimen organizado, feminicidios, explotación sexual, esclavi-tud. Así, los niños de estos testimonios manifiestan, uno tras otro, un complejísimo nudo emocional que combina amor/odio/desprecio/admiración y sometimiento al padre violento, indiferente o ausente, cuyo modelo es, en la mayoría de los casos, imitado y reproducido, aún en contra de la voluntad consciente del hijo victimizado por el mismo. A la figura de la madre, «sacralizada» por una ideología machista culpígena, también se le desprecia, se le odia, pero no se le admira, solo se le compadece, se le tiene lástima y en la gran mayoría de los casos de los testimonios, es precisamente su debilidad frente al padre agresor lo que se le reclama.

El libro tiene una segunda parte con apartados referentes a casos mediáticos en que el centro ha sido la violencia machista, el abuso sexual, que van desde pederastia y viola-ción tumultuaria en Veracruz, con acercamientos al modo en que el tratamiento judicial y mediático de los mismos revictimizó a los agredidos; así como los famosos casos de #MeToo en la industria del cine (con su respectiva réplica con la carta abierta de las mujeres «por la seducción» en Francia). Incluye también referencias a movimien-tos internacionales que buscan la formación de nuevas masculinidades y otros más que orbitan en torno al tema central del problema del modelo de masculinidad en crisis y las posibilidades a futuro. Sin embargo, el impacto que deja la lectura de los testimonios es brutal, porque ponen a la vista los extremos de violencia e impunidad que reinan en el seno de las «sacrosantas» familias que, literalmente, despedazan a sus miembros a tra-vés de la tortura y golpes, violencia sexual, verbal, emocional, económica; especialmente a los más «débiles» (mujeres y niños), en una jerarquía establecida por le poder de la fuerza física y la sanción social y cultural.

Después de leer el libro de Lydia Cacho, queda la sensación de la urgencia con que se necesita escuchar a los hombres sobre su infancia, su aprendizaje sobre ser hombres, su relación con sus padres, la violencia y la impunidad. Mientras ellos callen y la sociedad no los escuche, no podrá avanzarse en la impostergable tarea de edificar nuevas formas de masculinidad no violenta, no machista, por el bien de la sociedad entera, de las muje-res, de las niñas y de los propios niños y hombres del mundo.

Fuente: https://gazeta.gt


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