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Genocidios y genuflexiones
Por Luis César Moya - Guatemala, 28 de septiembre de 2007

"We make guilty of our disasters the sun, the moon, and the stars."
William Shakespeare, King Lear

En su artículo "De las palabras y las cosas", Marcela Gereda recae otra vez en los vicios de su intercambio con Gonzalo Sichar, a saber: Quien no comparte su opinión sobre la historia reciente de Guatemala ella lo descalifica como esquizofrénico, maniqueo, y manipulador – en una palabra, deshonesto. En el caso específico del debate sobre la política contrainsurgente de los años 1980s en Guatemala, la lista de blasfemos que se atreven a decir que sí, que tal política constituyó un genocidio, incluye a entidades aparentemente tan irresponsables y deshonestas como la CEH y la REMHI, aparte de un larguísimo etcétera de historiadores, antropólogos, y otros "académicos."

Gereda cita en su ayuda a Edward Said. Pero no fué este intelectual palestino también acusado de ser manipulador y deshonesto por Tel Aviv y sus aliados, sólo porque Said nunca renunció a defender los derechos de su pueblo, la condición de víctima de los palestinos frente a la brutalidad del estado israelí y a la indiferencia internacional?

Por supuesto que la falsificación científica es un problema cotidiano en la academia, y no específico de quienes estudian la historia de Guatemala. Cuando el objeto de análisis es manipulado a fin que coincida con el modelo teórico preconcebido. Pero en el caso del estudio de la política de tierra arrasada perpetrada por el ejército guatemalteco entre 1981 a 1984, esa falsificación tendría que ser a posteriori, pues los hechos, irrefutables y bien conocidos, son anteriores a su clasificación como genocidio o no – como diría Walter Benjamin, el observador de la historia es un ángel que vuela de espaldas al futuro, con el rostro vuelto hacia los horrores del pasado, testigo estudioso pero impotente de la continua e infinita destrucción que el hombre causa en su paso por el mundo.

Pero Gereda es víctima de si misma: Por un acto de malabarismo argumentativo, ella presenta una hipótesis – ni el ejército ni la oligarquía querían cometer un genocidio – y sin más demostración, salta a la conclusión que en efecto, no, ni el ejército ni la oligarquía cometieron tal crimen. Gereda tiene razón cuando afirma que ni el ejército ni la oligarquía pueden exterminar completamente al indio. Por cuestiones puramente logísticas – como matar a siete, ocho millones de personas con los medios de una guerra convencional? Sólo que la política de tierra arrasada no fue una guerra convencional: Pueblos enteros, no uno, cientos de ellos, fueron incendiados ("Operación Ceniza" llamaba el ejército a esta parte de la contrainsurgencia), y sus poblaciones asesinadas en masa. Esa falta de correspondencia entre la dimensión y la brutalidad de las masacres y la realidad de la amenaza de rebelión india debería ser prueba suficiente en favor de la tésis de genocidio. Pero tales pruebas, y otras que refutan su conclusión en favor del ejército y de la oligarquía, Gereda las desecha sin más. Cuántos indios asesinados por el ejército necesita Gereda para aceptar que sí hubo genocidio en Guatemala?

Problemas epistemológicos al margen, Gereda admite ahora que la oligarquía sí sabía de las masacres que el ejército cometía defendiendo sus tierras. Bueno, no toda la oligarquía, dice ella: solo la parte organicamente ligada con los generales. Pero el resto, "el amplio sector de esta élite que vive al margen de lo que ocurre en el país", es inocente. Tan amplio no puede ser ese sector, dado el tamaño de la oligarquía guatemalteca – cuántas familias la componen? 200? Como testigo de descargo Gereda cita a Marta Elena Casaús. En efecto, Casaús podría ser, por así decirlo, testigo de la acusación – por sus propios vinculos familiares con los Arzú y, por carámbola de matrimonios, con los García Granados, con la oligarquía "más culpable", Casaús sabe mejor que nadie qué tan envuelta estaba esa élite terrateniente en la formulación y ejecución de la política de represión perpetrada ya desde mediados de los setentas.

También hay algo de paternalista en la afirmación de Gereda de que la "guerrilla ... manipuló a los indígenas" para que se integraran a la insurgencia. Y si los indios que participaron en la lucha guerrillera lo hicieron en plena consciencia de sus actos? O cree Gereda que los indios no son capaces de decidir libremente sus acciones políticas sin ser víctimas de "la manipulación" de los ladinos?

Pero, por lo menos, Gereda acepta la complicidad aunque solo sea parcial de la oligarquía en los crímenes cometidos directamente por el ejército. Un pasito, es cierto, pero ya un avance en el largo camino de "la comprensión de la historia de este país."

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