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Pérdidas y ganancias
Por Luis César Moya - Guatemala, 3 de octubre de 2007

"El don de encender en lo pasado la luz de la esperanza sólo es inherente al historiador que ha comprendido que ni siquiera los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y nuestro enemigo no ha cesado de vencer."
Walter Benjamin, 6ª Tesis sobre el concepto de la historia

Aunque cada nuevo cadáver es uno de más, puede que este enésimo muerto enfrente nuestro ya no renueve el dolor sentido ante el primero, ante la imagen original de la vida desvaneciéndose a travez de los orificios de las balas, de los cortes de las ballonetas, de los huesos quebrados por los torturadores, esa terrible imagen primigenia de la vida agonizando al tiempo que la sangre derramada empapa nuestro suelo, y se coagula, antes de unise a la otra sangre, seca ya, invisible y olvidada, de los otros cientos de miles de muertos de nuestra historia.

Eso es lo que hemos perdido ante el espectáculo de la eterna, singular matanza que ocurre en nuestro bello y horrendo país: La conciencia del valor de la vida, la conciencia del desprecio que sentimos por nuestros hermanos. Hace 500 años fue el primer indio el asesinado, ayer fué el ex-marero, ese joven hombre que había intentado transformar su pesadilla de muerte en un sueño de vida, un sueño irrealizable, por supuesto. En el curso de los siglos, entre estos cadáveres, otros cientos de miles, y también nosotros, los sobrevivientes, quienes, con honrosas excepciones, hemos aceptado el entumecimiento de nuestras almas, hemos silenciado nuestras entrañas, para aceptar que el asesinato, que las masacres son parte inmanente de nuestra historia, y que quizás no esté bien así, pero que no hay alternativa. Ante esta falta de repugnancia ante la violencia, ante esta nueva victoria del enemigo, ni siquiera los muertos están seguros.

Eso es lo que hemos perdido: El derecho a la vida, y muchas veces, dada la maldad intrínseca del sistema que nos controla, también el derecho a la muerte. Hemos perdido la noción que cada crimen merece un castigo y que la impunidad destruye la noción más elemental de justicia, nos hemos olvidado de hacer el duelo por nuestros muertos. Y en nuestro acomodamiento a la brutal realidad, a aceptar lo inaceptable, también hemos perdido el sentimiento de pertenecer a los derrotados.

También hemos perdido la fé, y en vez de ella crecimos en el fatalismo, esa otra derrota, la convicción que no hay salida. Dicen los optimistas que lo último que muere es la esperanza. En Guatemala, sin duda, no hay lugar para optimistas – la oligarquía, el ejército sólo dejan espacio a los indiferentes, muchos de los cuales saben que su supervivencia física y emocional depende de ella, de la indiferencia. El resto, quienes a pesar de todo continúan sintiendo mordizcos en el alma ante un nuevo muerto, quienes a pesar de todo reclaman un lugarcito para la esperanza y para la vida – ellos se merecen respeto y sostén, aún si en nuestro fuero interno reine el pesimismo, que nos dice cada triste mañana: No, Guatemala no tiene futuro – pues sus dirigentes solo tienen un proyecto fundado en el pasado, egoísta, mezquino, desalmado.

Que hemos ganado? En el debate, la vanidad banal de atrevernos a llamar a los crímenes por su verdadero nombre. Para que, por lo menos allí, el enemigo, por una vez, cese de vencer.

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