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Paz
Por Lucía Escobar - Guatemala, 29 de diciembre de 2004
lucia@elperiodico.com.gt

Ni el racismo ni el genocidio se castiga.

Ocho años son toda una vida, lo saben bien los que nacieron en el noventa y seis, y lo saben sus padres cuando ven lo complejo, inteligente y grande que puede ser un niño o niña a esa edad. Sin embargo, nuestra Paz Guatemalense que arriba hoy a su octavo aniversario, no parece tener ni por error la madurez de un “ochoañero”, tal vez nos salió retrasadita. O quizá nos tomaron el pelo, y el verdadero aniversario de la Paz, no es hoy, sino que fue ayer, Día de los Santos Inocentes.

Sería mucho pesimismo decir que estamos igual que antes de la firma. Claro que no. En los ochenta yo jamás hubiera podido escribir en este espacio porque a la primera me habrían dado aguas (como dicen los mismos archivos recién desclasificados), y mis huesos estarían en alguna base militar esperando la exhumación. Algunos avances han habido en el campo de la libertad de expresión, pero en lo demás, estamos graves.

La violencia cotidiana nos sigue matando casi al mismo ritmo que hace 20 años, la impunidad es el pan nuestro de cada día, los pobres están cada vez peor, a los ricos les sigue dando igual la vida de sus compatriotas y mucha tierra sigue ociosa mientras manos indígenas exigen su derecho natural a trabajarla. En materia legal ni el racismo, ni el machismo, ni el genocidio se castiga. Y los Acuerdos de Paz sólo se conocen en ciertos círculos oenegistas y parece que a nadie más le importan.

Las condiciones existentes hoy en Guatemala son exactamente las mismas que dieron lugar a una maldita guerra de 36 años que dejó más de 100 mil muertos, 44 aldeas arrasadas, miles de exiliados y un dolor paralizante y profundo en millones de chapines. A mí eso me da miedo y me pregunto muy en serio, cuál será la chispa que prenda de nuevo el fuego de la guerra en este país.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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