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Guachimanes
Por Lucía Escobar - Guatemala, 2 de marzo de 2005
lucia@elperiodico.com.gt

Su vida no vale nada comparada con la de su amo.

No se cuándo comenzó esa moda en Guatemala. Lo cierto es que de unos años para acá, se han multiplicado como conejos. Se les ve en centros comerciales, afuera de colegios caqueros, de restaurantes caros, en gimnasios, hoteles, etcétera. Caminan unos pasos atrás y otros adelante de las personas que gustan de exhibir su dinero.

Hay algunos tan discretos que se vuelven invisibles y otros tan pelados que ostentan sus pistolas con todo lujo de vulgaridad. Pero lo peor es que la mayoría, encima de estar impunemente armados, se atrevan a verle el culo a cuanta mujer pasa enfrente y además acosarla. Los guardaespaldas o guachimanes representan, en mi opinión, los aspectos más patéticos de la sociedad guatemalteca.

Primero porque en su trabajo queda bien claro que su vida no vale nada comparada con la de su amo. Su trabajo incluye morir con tal de defender la integridad física del patrón. No imagino cómo se sentirán estas gentes cuando piensan en esto.

Segundo porque su presencia le recuerda cada segundo al o la vigilada la vulnerabilidad y el precio de su vida. El vigilado y el vigilante tienen una relación de codependencia que incluye armas, dinero y compañía. Pasan mucho tiempo juntos y, sin embargo no pueden ni deben ser amigos.

Nunca he entendido cómo una familia que se dice bien puede confiar su seguridad y su intimidad en un pistolero. “Váyase a traer a la nena al colegio”, le dicen al tipo. Y ahí vemos a la niña de cinco años de arriba para abajo, sola, con un hombre entrenado para matar. Sólo los sicoanalistas de las familias pudientes saben las verdaderas consecuencias de esas turbias relaciones.

He conocido gente con muchísimo dinero que jamás ha caído en la tentación de contratar guachimanes, quizá porque prefieren confiar su vida a algún dios.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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