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De indios
Por Lucía Escobar - Guatemala, 19 de septiembre de 2007
lucia@elperiodico.com.gt

Ser indígena tiene que ver con la identidad.

Aunque el papel todo lo aguanta y del dicho al hecho hay un gran trecho, celebro la Declaración sobre Derechos de Pueblos Indígenas parida recientemente por Doña Naciones Unidas.

¿Cuántos años tardaron los Estados para ver a los pueblos indígenas del mundo y reconocer que no son atrasados, ni salvajes sino sólo diferentes? ¿Cuánto tiempo más pasará para que se respete esa diferencia? ¿Y cuánto para valorar el enorme aporte en justicia, ciencia, arte, ecología, espiritualidad medicina que desde hace cientos de años y hasta el día de hoy empapa con sabiduría milenaria el planeta?

Ser indígena tiene que ver con una palabra abstracta: la identidad, herencia que algunos llevan en la ropa y otros en la lengua, la sangre o en su forma de relacionarse con el cosmos. Para serlo nunca han necesitado declaraciones, ni leyes, ni palmaditas en la espalda, ni reconocimientos. Así han sobrevivido a masacres, genocidios, guerras, migraciones forzadas, invasiones a sus tierras y sitios sagrados, colonizaciones, violaciones a sus religiones, degradación de sus dioses, autoridades tradicionales y costumbres.

Por eso, aplaudo este nuevo instrumento jurídico que ayudará a construir poco a poco las bases de más Estados respetuosos con lo diferente. Esta declaración es un arma pacifica para ir frenando a personas impertinentes que, basadas en supuestas superioridades étnicas, actúan como cabezas duras.

Pienso en el párroco de la iglesia católica de San Pedro La Laguna, Oliver Meléndez, que ha limitado el acceso de los ajq’ijab al lugar sagrado Chi’Kiqajaay, atreviéndose incluso a colocar sobre el altar maya una imagen de la Virgen Medalla Milagrosa.

Es como mandarle a Ratzinger una réplica de Maximón y pedirle que se fume un puro con él.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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