Marchas, botas e hijos
Por Lucía Escobar - Guatemala, 11 de junio de 2008
También los colegios.
Este junio es histórico y no por las mafias del Congreso, que de sus huesos ya se encargará de chuparlos el diablo en el momento adecuado.Hablo de la decisión de suspender el desfile militar del 30 de junio.
Nada hay que celebrar en un país en que el aún no se ha juzgado a un ejército culpable de la desaparición de más de 20 mil personas, y, de masacrar o mandar al exilio a medio millón de guatemaltecos. Además de ser responsables del 90 por ciento de las violaciones a Derechos Humanos durante la reciente guerra interna.
No era lógico, ni sano mantener ese despliegue doloroso de uniformes aún manchados con sangre indígena, de botas que aún patean en la memoria, estómagos vacíos y, vientres de madre llenos. Precisamente de esos vientres, víctimas de la represión del Estado, nació la idea y la fuerza para frenar el desfile. Niños que sufrieron en carne propia la orfandad de la guerra y que aún hoy se preguntan por el paradero y el porqué de la desaparición y muerte de sus padres.
Hoy, aquellos hijos de la guerra son jóvenes unidos, que durante los últimos nueve años han buscado soluciones creativas y valientes para mostrar su posición de rechazo a olvidar, perdonar y reconciliarse. Suena grueso, pero en H.I.J.O.S saben que antes deben ser aclarados, juzgados y enmendados muchos capítulos tristes de nuestra historia.
Decirle adiós a los desfiles militares es un paso hacía la evolución de esta sociedad. Que también los colegios, institutos y escuelas dejen atrás la rigidez y uniformidad de las bandas de guerra y se suelten a celebrar de otra manera más sana la diversidad y un futuro sin represión.
Los militares se fueron ya y se fueron bailando el chá chá chá.
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