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Sí pasaremos
Por Laura E. Asturias - Guatemala, 28 de abril de 2007

En su columna del sábado pasado en El Periódico,* Anamaría Cofiño se refiere a la reciente visita de la presidenta chilena Michelle Bachelet, quien para la columnista posee “todos los atributos que les faltan a quienes nos gobiernan: inteligencia, conocimiento, experiencia, definición, sensibilidad”.

Una dura aseveración respecto a las más altas autoridades guatemaltecas y, sin duda, acertada. Es así como muchas mujeres vemos a los gobernantes: uno tras otro, personajes mediocres que salen al paso con cualquier estupidez quizás pensando que una acción, por desatinada que sea, es mejor que ninguna acción; hordas de incapaces que se creen aptos para conducir una nación, tal vez porque se creen dueños de ésta; sin la mínima sensibilidad para gobernar un país donde campean la injusticia y la discriminación. Y carentes de agallas para agarrar al toro por los cuernos, cosa muy diferente a la bravuconería con que suelen asumir los asuntos públicos. Se meten a la política para darse lustre, no con ánimos de propiciar la construcción de una democracia y ciudadanía auténticas.

Al otro lado del cerco estamos las mujeres y demás grupos históricamente oprimidos, cuyas capacidades, excepto en contadas excepciones, no son tomadas en cuenta cuando se trata de ocupar cargos públicos de alto nivel. Véase un solo ejemplo entre los más recientes: en las postulaciones a titular de la Procuraduría de los Derechos Humanos se excluyó por completo a la abogada Hilda Morales Trujillo, quien durante muchos años ha mantenido un elevado perfil por su genuina defensa de los derechos humanos de las mujeres. Su activismo la llevó a ser reconocida como Embajadora de Conciencia de Amnistía Internacional en noviembre del 2004, galardón que recibió junto a Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda (1990-97) y Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en el periodo 1997-2002.

Aun así, la Comisión de Derechos Humanos del Congreso de la República al parecer no cree (o no le importa) que el amplio currículo de la defensora guatemalteca sea suficiente para que ella dirija la PDH. Y el actual procurador, pese a que ha de conocer muy bien los instrumentos internacionales suscritos por el Estado guatemalteco en materia de derechos humanos de las mujeres, no está dispuesto a soltar su jugoso cargo y pretende ser reelecto. Las cosas como de costumbre.

Ahí está siempre el famoso “techo de cristal”, que la argentina Mabel Burín, doctora en Psicología Clínica, define como “una superficie superior invisible en la carrera laboral de las mujeres, difícil de traspasar, que nos impide seguir avanzando. Su carácter de invisibilidad viene dado por el hecho de que no existen leyes ni dispositivos sociales establecidos ni códigos visibles que impongan a las mujeres semejante limitación, sino que está construido sobre la base de otros rasgos que por su invisibilidad son difíciles de detectar”.

Es una barrera que las mujeres encontramos a cada paso. En numerosos espacios de dominio masculino, es casi seguro que, de abrirse una oportunidad de ascenso, quienes van a disfrutarla serán hombres. Aunque no tengan lo que se requiere. Aunque sean totalmente ineptos para el puesto. Es la histórica complicidad entre hombres cuya finalidad es proteger los privilegios del colectivo masculino y mantener el poder que por siglos han detentado.

Ello no ha impedido que algunas mujeres hayan logrado romper el techo de cristal y, al ubicarse donde querían estar, por lo general han hecho un buen trabajo. Tenemos ejemplos muy visibles de esto, como en el Congreso, donde algunas diputadas se han destacado por su lucha contra la impunidad y la corrupción, algo que no puede decirse casi de ninguno de sus homólogos masculinos. El ocho por ciento de representación femenina en ese recinto pesa mucho más que un 92 por ciento que cobra sueldo por no hacer prácticamente nada.

Me atrevo a decir que a la gran mayoría de mujeres no le interesa llegar al poder por las razones que tantos hombres tienen para aferrarse a éste, y que no es notoriedad ni lujos lo que persiguen. En numerosas comunidades, es la decidida acción de las mujeres lo que logra cambios importantes en la vida cotidiana. Les interesa que el gobierno abra centros de salud cercanos a los pueblos y los servicios sean de alta calidad, que haya agua potable (después de todo, son ellas quienes acarrean el líquido por largas distancias) y que nadie, ni de aquí ni de afuera, les arrebate el derecho a acceder a otros recursos naturales que son vitales para la subsistencia de sus familias. Esa misma determinación es lo que llevan en las manos cuando llegan a ocupar un cargo público, y la ponen en práctica pese a los obstáculos que siempre encuentran en el ejercicio de su trabajo. Aunque son pocas las mujeres a esos niveles, su actuación supera en mucho el desempeño de la mayoría de hombres que las rodean.

Anamaría Cofiño concluye su columna diciendo “Yo estoy segura que si logramos unir nuestras fuerzas, el mujerío transforma este país. Sea ahora, o más tarde, el cambio es inevitable”. También ésta es una certeza que comparto. Las mujeres no somos mejores que los hombres, aunque increíblemente vivimos más que ellos a pesar de las cruentas circunstancias que muchas enfrentan. Pero quizás por la forma en que hemos sido criadas, sí velamos y hacemos más por el bienestar común. Eso incluso los hombres pueden verlo, aun cuando casi nunca lo reconocen.

Llegará el día en que la sociedad en su conjunto, harta de los incapaces que nos gobiernan, luchará junto a nosotras por la democracia paritaria, con representación equitativa de mujeres y pueblos indígenas en todos los ámbitos del poder público. Y no se trata de llevar mujeres al poder sólo porque sí. En el gobierno necesitamos mujeres capaces que velen por los intereses de las grandes mayorías y no defiendan el actual modelo económico que está dejando cada vez más pobre a la gente pobre; mujeres que se rodeen de equipos conscientes de las realidades del país y dispuestos a transformarlas. Y nosotras mismas, las guatemaltecas, debemos dejar de creer que sólo los hombres son “capaces” de gobernar, porque las evidencias demuestran lo contrario.

Nuestro pueblo requiere y merece que sus justas demandas sean reivindicadas y defendidas. Lo que ahora tenemos es una trillada cantaleta de chorritos inaugurados que les lavan la imagen a las autoridades y de carreteras construidas para que transite mejor el transporte de los azucareros y los grandes finqueros, quienes más se han beneficiado con el gobierno de Óscar Berger.

No dejemos que nos sigan poniendo frente a la nariz una zanahoria que a fin de cuentas nunca será lo que ofrecen, ni nos traguemos el cuento de que “todos ganamos” si es eso lo que afirman. Es politiquería barata.

Más que nunca necesitamos inclinar la balanza para que las cosas realmente cambien. El techo de cristal se mantendrá firme mientras sigamos conformándonos con el más bajo nivel de eficiencia. Podemos romperlo y ya es hora de hacerlo.

* www.elperiodico.com.gt/es/20070324/opinion/38021/

Fuente: www.opinion.com.gt - 260307


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