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José
Por Laura E. Asturias - Guatemala, 3 de mayo de 2007

Lo conocí en octubre. En el lugar donde vivo se abrió un negocio de lavado de vehículos, contratamos el servicio y fue así que José empezó a llegar a nuestra casa dos veces por semana para hacer el trabajo. Poco tiempo después, esa pequeña empresa redujo su oferta, de modo que José tuvo que buscar más alternativas de ingresos. Y muy pronto pues, sin siquiera haber cumplido los 30 años, ya tiene cuatro hijas e hijos. Desde el principio me interesé en saber más de su vida. Cuando habló del tamaño de su familia, de inmediato recordé a Erick.

Hace algunos años, dos hermanos vinieron a mi casa a ofrecer jardinería y acepté sus servicios. Juntos trabajaban rápido y en un par de horas la tarea estaba concluida. Erick, el mayor, venía más seguido ya que su necesidad económica era apremiante pues (al igual que José) tenía 29 años y cuatro hijos. Como decía ya no querer más niños, le hablé sobre la vasectomía. Le sugerí que se la hiciera y averigüé el costo de ésta en APROFAM. Ahí me dijeron que, para hombres de escasos recursos, el precio era de apenas 25 quetzales (el 10 por ciento de lo que entonces les cobraban a otros). Yo pensaba en cuánto podría Erick ahorrarse (en cuanto a futura manutención infantil) si se hacía la operación y también de esto hablamos. Pero no se la hizo. Y es que eso implicaría romper fuertes barreras culturales presentes en muchos hombres. Creen que si se someten al procedimiento perderán su virilidad o ésta se verá mermada, cuando en realidad quizás lo único que ocurra es que el semen se haga un poquito más líquido... y claro, se eviten embarazos no deseados.

Un día Erick me contó que andaba en problemas porque unos meses atrás había intentado irse mojado a Estados Unidos y no lo logró, pero le quedó una deuda enorme por el préstamo que tuvo que hacer para pagarles a los “coyotes”. Resuelto a llegar al norte a cualquier costa, volvió a intentarlo un tiempo después, y aunque de nuevo lo regresaron, sí lo consiguió al tercer intento. La deuda había ascendido a 64 mil quetzales, pero los muchos trabajos que tuvo en Nueva York le permitieron pagarla pronto y siempre enviar remesas a su esposa en Guatemala.

Entonces ya tampoco el hermano menor trabajaba en nuestra casa pues también se fue al norte, pero me seguí enterando de la vida de Erick porque me llamaba desde Nueva York para conversar un rato. Hablaba de lo mucho que extrañaba a su familia. Lo peor para él fue cuando se entraron dos veces los ladrones a la casa donde vivían su esposa y sus hijos en el oriente guatemalteco, dejándoles casi sin nada. Lo que más le preocupaba, según me dijo, era imaginar que, si eso volvía a ocurrir, iban a violar a su esposa y “así meterle miedo para que no los denuncie”.

Erick está ahora de vuelta en Guatemala. Una muy mala comunicación telefónica desde su pueblo y pocas monedas para la llamada impidieron que me contara detalles de su regreso, pero no descarto que haya sido uno de los muchos deportados a raíz del endurecimiento de las políticas inmigratorias en Estados Unidos. Me llamó porque necesitaba trabajo. Esta vez no pude darle nada pues aquí está José y siento que es irreemplazable.

A José le ha ido bien con su decisión de concentrarse en trabajar por día en unas cuantas casas. A la nuestra viene cuatro horas una vez por semana. Fue el arreglo que mejor le resultaba para distribuir su horario laboral entre varias viviendas.

Él no se dedica sólo a lavado de vehículos. Al igual que muchos otros, hace cualquier tarea que le implique mejores ingresos. Y lo que más me impresiona de José es cómo pone en práctica su increíble versatilidad: a nada le hace mala cara. Dedicado a brindar una amplia gama de servicios, lo hace siempre con una actitud positiva. Ya se trate de lavar autos, hacer jardines, resolver problemas eléctricos, de plomería y albañilería, pintar paredes o proveer fletes, en su cara mantiene una sonrisa. Es fácil lograr que comparta detalles de su vida y, de hecho, siempre hay mucho de qué conversar pues tenemos varias cosas importantes en común, siendo ambos trabajadores “informales”. No me cabe duda de que es un hombre muy noble. Percibo que es también buen esposo y padre amoroso.

José me avisó que no podría venir a trabajar la semana pasada pues, felizmente, ya está fundiendo los cimientos de su propia casa y necesita ocuparse más de eso. Me alegró mucho enterarme, no sólo porque ese hecho indica que le está yendo bien con su trabajo a destajo, sino porque tiene la convicción de que con lo que hace puede ir forjándose una mejor vida para él y su familia en este país donde tantos otros sueñan con irse a Estados Unidos... y se van, cueste lo que cueste.

Dada la situación económica en Guatemala, es comprensible que una gran cantidad de mujeres y hombres migre adonde pueda. La diáspora guatemalteca es hoy día el sostén de innumerables familias de nuestro pueblo y sus esfuerzos en otras tierras no pueden menos que ser encomiables. Lo vergonzoso es que tantas personas, como resultado de la injusta distribución de recursos y riquezas en su país de origen y del sometimiento del gobierno a las políticas financieras del norte, se vean orilladas a dejar aquí una parte de su vida y deban salir a buscar un horizonte distinto en “la tierra de las oportunidades”, allá donde también otro gobierno les repele a capa, espada y alambre de púas.

Fuente: www.opinion.com.gt - 300407


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