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Grandes hipócritas
Por Laura E. Asturias - Guatemala, 15 de mayo de 2007
deciloclaro@itelgua.com

Quizás la hipocresía sea una de las características más despreciables de la especie humana, pero es comprensible. Fingir lo que en realidad no se es o no se siente llega a ser el único recurso (o el más fácil) cuando actuar con integridad resulta imposible.

Esto se aplica en especial a aquellos contextos en que la gente ha sido profundamente marcada por enseñanzas que niegan la esencia humana en todo su espectro. Es algo que podemos entender bien en Guatemala, apenas uno entre millares de ejemplos, donde antiguos preceptos religiosos han puesto un sello indeleble sobre el comportamiento. De ahí que el “qué dirán” se convierta en uno de los ejes que determina actitudes y conductas.

La sexualidad es, entre otros, un aspecto de nuestra especie que ha sufrido por ello. En una sociedad eminentemente cristiana, las mujeres deben conducirse con “la dignidad propia de su sexo”, ser buenas y abnegadas como la virgen María, o correr el riesgo de ser “la otra”, la livianita Magdalena bíblica que, pese a todo, fue la constante compañera de Jesús.

En el caso de los hombres, las cosas son un tanto diferentes. Criados con similares principios pero también con la vieja disculpa de “es que son niños” (uno de los pilares de la masculinidad tradicional), se les permite mucho más. Digamos que tienen autorización social para ser “más animales” que las mujeres. Se piensa que “no pueden controlarse” y “fácilmente pierden la razón”. Sumemos a esto el hecho de que se han apropiado de la mayor tajada del poder en todas las sociedades y tenemos la receta perfecta para que muchos actos considerados “ilícitos” queden sin sanción cuando los protagonistas son hombres.

Aun así, la mayoría de mujeres y hombres llevamos encima el peso de lo que otras personas pensarán de nuestra conducta, de modo que fingir ser, pensar o sentir algo que de hecho no existe quizás no sea excusable, pero sí comprensible cuando lo que está en juego es la convivencia misma, la posibilidad de la gente común y corriente de encajar en una sociedad donde actuar con autenticidad puede ser equivalente a lanzarse por un despeñadero.

Lo intolerable es la hipocresía en los más altos niveles. Sentí repulsión al enterarme del escándalo sexo-político que hoy tiene en su centro a Randall Tobias en Estados Unidos. No estamos hablando de un ciudadano “común”, sino del (ahora ex) director de Ayuda Externa y administrador de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) de ese país, quien el 27 de abril renunció al cargo citando “razones personales”.

Lo cierto es Tobias que se vio obligado a dimitir cuando la cadena televisiva ABC , al investigar una red de prostitución en Washington DC, lo contactó pues había encontrado su número telefónico en los registros de ésta.

Según declaraciones de Deborah Palfrey, mejor conocida como “Madam DC”, su empresa se dedicaba a satisfacer “fantasías de alto nivel para adultos” y ofrecía “servicios eróticos y sexuales legales en todo el espectro de la conducta sexual adulta”. Pero Tobias, de 65 años y casado, declaró a la ABC que no tuvo relaciones sexuales con “esas mujeres”, sino sólo las invitaba a llegar a su casa para que le dieran unos masajitos y que recientemente había empezado a usar otro servicio “con centroamericanas”, también para servicio de masajes.

Por cierto, según la ABC, Tobias es “el segundo hombre más prominente que será identificado como cliente” de la empresa de Madam DC. “Hace dos semanas, Palfrey dijo que el estratega militar Harlan K. Ullman , creador de la teoría de ‘choque y estupor' y ahora asociado principal del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales , era otro cliente”.

La enorme hipocresía de Tobias no radica sólo en que ahora esté mintiendo descaradamente respecto a sus actividades con esas “escoltas” facilitadas por Palfrey. Dada la naturaleza de la empresa, ¿quién se cree que sólo las haya contratado para “masajes”? Lo más indignante es que, antes de ocupar los cargos mencionados, Tobias fue también nada menos que el embajador del Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA ( PEPFAR ). Desde ese puesto, y al igual que muchos otros funcionarios nombrados por George W. Bush, Tobias lanzaba elevados discursos sobre la fidelidad y la abstinencia, desalentando el uso del condón para evitar la transmisión del VIH, el virus causante del SIDA.

Es más, desde su cargo en PEPFAR, Tobías fue el responsable de la aplicación de una política promulgada por el gobierno de Bush que obliga a que cualquier organización que reciba fondos federales estadounidenses firme un juramento en el que declara que se opone a la prostitución y al tráfico sexual.

Esa política, de hecho, está provocando estragos en la lucha contra el VIH/SIDA, pues muchas organizaciones dependientes de fondos externos se han visto obligadas a firmar el juramento, lo cual pone en un riesgo cada vez mayor no sólo a quienes venden servicios sexuales sino a sus clientes: hombres comunes y por supuesto, como está visto, también hombres poderosos.

El escándalo en el que Tobias está implicado no es sino otro síntoma de la hipocresía de alto nivel, donde el primer enfermo de este mal ha sido desde siempre el mismo Bush, con sus inventados motivos para lanzar guerras y su cuestionable e ineficaz fórmula ABC (abstinencia, fidelidad y, de no aguantarte las ganas, uso del condón), obligatoria para toda organización que quiera recibir fondos federales estadounidenses.

No es extraño, entonces, que sea asquerosamente hipócrita el comunicado de prensa oficial* del 27 de abril sobre la renuncia de Tobias, que lo describe como “un líder en ayudar a las poblaciones más vulnerables del planeta”. Agrega que “las vidas salvadas y mejoradas ... por el trabajo de Randy en el Departamento de Estado constituyen un rico legado que él puede ver con orgullo justificable”.

Otros ámbitos no se libran de ese lastre. Las jerarquías de las grandes iglesias están plagadas de hipocresía. Tantos pastores evangélicos involucrados en escándalos sexuales. Y en el caso de la católica, el celibato obligatorio ha llevado a muchos sacerdotes a mantener una vida sexual clandestina, a casarse y procrear una familia (“en secreto”, pero no tanto: hasta tienen su propio sitio: http://www.marriedpriests.org ). Y ni hablemos de los curas que abusan sexualmente de niños y niñas...

Lo paradójico es que, al igual que cualquier otro cristiano común y corriente, ahora también Tobias esté al borde del despeñadero. Sin duda, un punto a favor de quienes durante años hemos cuestionado y rechazado las imposiciones moralistas de quienes tienen el poder. Pero no es motivo de júbilo cuando, bien sabemos, muchas vidas están en peligro por la moralina hipócrita del gobierno de la primera potencia mundial.

* http://www.state.gov/r/pa/prs/ps/2007/apr/83957.htm

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