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El tonto útil
Por Luis Felipe Arce - Guatemala, 15 de enero de 2019

Aquí no lloró nadie… aquí solo queremos ser humanos

Otto René Castillo

En el 2006, acorralado por una crisis financiera sin precedentes, el presidente argentino, Néstor Kirchner, presenciando fracaso tras fracaso, pobreza, desempleo, indigencia, desilusión, nunca conocidas en la etapa contemporánea de su país, dijo: «estamos en el último escalón del infierno».

En el 2019, el «señor presidente» Jimmy Morales, acorralado por una crisis política sin precedente –provocada por el mismo– con base en su continuada y sistemática torpeza para gobernar, inició la segunda semana del mes de enero dando un paso más en falso en su ingrato proceder y decidió dar el salto definitivo al vacío para ampliar la ya inevitable polarización de la sociedad y el punto de partida del aislamiento, sin sentido aparente, ante la comunidad internacional, al revocar unilateralmente el mandato de la Cicig.

El ciudadano Morales antes de ser presidente era un guatemalteco más, común y corriente, que no pasaba de zope a gavilán, un comediante barato que tenía una venta de plátanos en el mercado de la Terminal. No pertenece a ninguna de las cámaras empresariales afiliadas al Cacif, no pertenece al Ejército de Guatemala –aunque se vista de militar–, no pertenece a ninguna cúpula visible del sistema hegemónico… simplemente ha sido utilizado por esos poderes oscuros para garantizar sus granjerías y beneficios.

En el momento en que ya no sirva a sus fines, se lo sacudirán y buscarán un nuevo títere que se preste dócilmente a cumplir el papel de marioneta.

Calificado por la inmensa mayoría de los guatemaltecos como el peor presidente de todos los tiempos, Jimmy Morales, en su inmensa insensatez, ha puesto en grave peligro la institucionalidad del país por el único afán de garantizar su impunidad y perpetuar el régimen de corrupción generalizada.

No tiene vergüenza, ni por sus acciones ni por su ignorancia, miente con la boca llena de soberbia, dramatiza sus discursos, señala, levanta la frente y muestra las manos como si estuvieran limpias. Pero detrás de toda esa parafernalia de feria se esconde la podredumbre y la inmoralidad de su conducta.

Como todo dictador, en potencia, en su osadía y desde su muy estrecho punto de vista –equivocado y falaz– es caprichoso, testarudo y prepotente. Se conforma con lo fácil e inmediato, vive sin sentido ético, tiene más ambición que talento. El respeto a la potestad de la ley pasa a un segundo término, quiere imponer un estado autoritario en contra del Estado de derecho y cree, ciegamente, que no tiene que dar cuentas a nadie, solo a quienes le dan las órdenes, a Dios y a la historia.

Manejado y confundido, irremediablemente cae en lo que en la juerga política se le conoce como «tonto útil», expresión que es usada en forma despectiva y peyorativa, ya que sugiere que esta persona es, en realidad, una ignorante de las motivaciones de quienes se aprovechan de ella, a tal punto que termina «involuntariamente» por favorecer una causa (indudablemente política).

Si se sacrificara solo él, no tendría la más mínima importancia, el problema es que al caer en el juego de los poderosos, sacrifica a todo un pueblo sojuzgado, ninguneado, marginado y excluido. Sacrifica lo poco que se ha ganado en largos años de lucha en materia de derecho y justicia social, pero, por sobre todo, sacrifica las esperanzas de los guatemaltecos sedientos de honestidad y transparencia… sin corrupción e impunidad.

La historia, que implacablemente todo lo juzga, colocará al señor Morales en el papel de «acomodaticia comparsa» que con mucho ahínco se ha ganado. Pero su triste legado pesará mucho en la realidad histórica de Guatemala.

Al momento de tomar posesión como nuevo presidente, encontró un país en ruinas –según sus propias palabras–, ahora, con esfuerzo y mucho sacrificio, ya ni ruinas van quedando, solo los lamentables retazos de una nación asaltada, abusada, despojada, saqueada y corrompida por el abuso de poder, la impunidad y el rompimiento del orden constitucional.

En el año 49 a. C., Julio César retornaba a Roma al frente de sus tropas tras su victoriosa campaña militar en las Galias. Sin embargo, la Ley Romana prohibía terminantemente a los generales entrar en Italia con su ejército, debían desbandarlo antes de atravesar la frontera situada a lo largo del río Rubicón, de no hacerlo, caerían en desacato y serían sentenciados con la pena de muerte.

César conocía muy bien esa ley pero, a pesar de eso, decidió cruzar el Rubicón, sabiendo que su desobediencia significaría la declaratoria inmediata de guerra civil en contra de los Cónsules Romanos.

Según cuenta la tradición, antes de cruzar la frontera, César pronunció la histórica frase: «Alea jacta est» –la suerte está echada o lo que es lo mismo los dados se han lanzado– y ordenó a sus tropas a cruzar el río, afirmando de que ya no había vuelta atrás y que con ese gesto no le quedaba más que afrontar las consecuencias.

La guerra civil inevitablemente se produjo y finalizó con la victoria de César.

Desde ese entonces, la frase «cruzar el Rubicón» se emplea para justificar acciones que se llevan a cabo y que acarrean serias consecuencias que no podrán evitarse.

Obviamente, la historia del «señor presidente» Morales no tiene nada que ver con la trayectoria del romano Julio César pero… tanto él como sus benefactores, sus asesores y sus consejeros estarán conscientes de que la delgada línea roja que separa la cordura de la locura se romperá por lo más delgado.

Fuente: https://gazeta.gt


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