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Niñez a la intemperie - Invisibilizar el problema es aumentarlo
Por Lucrecia Méndez - Guatemala, 28 de julio de 2004

El asunto del abandono a la niñez atraviesa de manera significativa todas las capas sociales guatemaltecas: tan evidente en los niños de la calle como en algunos “privilegiados”.

La niñez, estado inherentemente vulnerable, se encuentra tirada al vacío en un escenario de posguerra civil sin cicatrizar; empachados -cuando bien les va- de comida chatarra y televisión ídem; y peor aun de ausencia de puntos de referencia coherentes.

El moralismo resulta inadecuado cuando el discurso ético no tiene verificación con la realidad. Inútiles las gesticulaciones heroicas, clamores retóricos; se requiere algo más difícil: el ejemplo silencioso y cotidiano.

Sermones, buenos sentimientos y poca inversión económica no resuelven un problema gravísimo visto desde el presente hacia el futuro. Las estadísticas son brutales. Los niños menores de 5 años tienen la tasa más alta de niveles de pobreza y el 61.7% de los mismos sobreviven -por decirlo de alguna manera- en situación de pobreza extrema. (Comisión Interamericana de Derechos Humanos, OEA, Guatemala, 2003).

Un estado y una sociedad se desligitimizan cuando permiten que sus niños se prostituyan pidiendo lacrimosamente limosna por terceros en lugar de estar jugando y estudiando, rodeados de un ambiente familiar lo más funcional posible.

Se requieren condiciones humanas mínimas para el crecimiento: espacios lúdicos, culturales y de aprendizaje; prevención sanitaria y asistencia médica; condena del abuso sexual, psicológico y laboral; rechazo de la exclusión por marcas de clase o etnia, una política de adopción ejecutada según la ley.

Se han dado casos en que se exporta niños o peor aun sus órganos como si fueran zapatos o artesanías...

Por no mencionar el vil fenómeno de los niños desaparecidos durante el conflicto armado o actualmente por “limpieza social”.

Existen iniciativas y acciones apreciables, pero todavía escasas. La pasividad de los adultos puede tener un costo altísimo: la progresiva degradación del tejido social.

Invisibilizar el problema, por comodidad o ignorancia, solamente retrasa el estallido de una mina vagante. El propósito de atender a la niñez no es crear sujetos congelados en la inmadurez o propiciar el asistencialismo piadoso.

Más bien, a través del diálogo acompañar a los niños en sus procesos de desarrollo hacia la independencia crítica. Construir interactivamente las condiciones para acceder a ser individuos plenos.

El derecho a jugar es el derecho a los sueños, a la imaginación y finalmente al futuro. Jugando se aprende.

Tomado del diario Prensa Libre- www.prensalibre.com


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