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Telebasura/telecensura
Por Lucrecia Méndez - Guatemala, 10 de noviembre de 2004

La entretención es un derecho muy serio

La televisión se ha convertido en la gran mediadora entre el individuo y la sociedad. La soledad y/o la ignorancia -que atraviesan indiscriminadamente edades, clases sociales, etnias- encuentran compañía en la hipnótica pantalla La televisión ha desplazado significativamente tradiciones orales, individuales o grupales: los cuentahistorias, la sobremesa, la lectura, los juegos infantiles, la ensoñación juvenil.

Este asombroso producto tecnológico posee enormes posibilidades de información y entretenimiento. Es obvio que el esparcimiento es necesario.

Sería pedante e ineficaz saturar la programación de documentales, sermones, filmes de autor, sesudos debates (mucho de los cuales ejemplo de superficialidad. Se trata de elaborar y ofrecer alternativas sobre todo a quienes no cuentan con un marco de referencia o la formación mínima para discernir.

No es válido hacer una proporción directa: a la telebasura se responde con la telecensura. Sería una actitud sumamente desafortunada en un país como Guatemala, crecido en la cultura del silencio y del discurso sesgado.

La verdadera democracia implica perder el miedo a conocer, a dialogar, a encontrar consensos. La respuesta tampoco es tan ingenua, irreal o hipócrita como para creer que el poder reside en un control remoto, que nos coloca en una impoluta torre de marfil ídem. Habitamos el mundo de la comunicación masiva, nos guste o no.

La plaga de algunos presentadores impresentables de espectáculos como “reality shows”, “talk shows”, concursos sadomasoquistas -despellejamientos propios y ajenos- evidencian la ligereza con que se trata algunos temas sin duda impostergables e importantes.

Mediocridad, morbo, simplismo determinan el escenario donde los actores dicen verdades o mentiras, por los famosos pocos minutos de fama. La sacralización de las banalidades de los divos mediáticos resulta es tan patética como la de los divos políticos (que no desparecen con la fuerza de la voluntad u oprimiendo el botón del televisor).

Habría que preguntarse a qué intereses económicos e ideológicos responde esta globalización melodramática de quinto patio. También indagar en el estado de nuestra apatía y autoindulgencia con relación a niveles de cultura, sensibilidad, valores: soportamos silenciosamente todo lo que el televisor ofrece. Por otro lado, existe mucho talento joven que demanda oportunidades para expresarse.

El espectador anestesiado constituye un cómodo rebaño porque no cuestiona. Le basta la ilusión barata. Pero merece el derecho de decidir. A entretenerse. En serio...

Tomado del diario Prensa Libre- www.prensalibre.com


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