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Ecotorpezas
Por Lucrecia Méndez - Guatemala, 16 de febrero 2005

La tierra no es la herencia de nuestros padres, sino el préstamo de nuestros hijos.

Poemas clásicos o inolvidables canciones populares utilizan la ausencia de luz, agua, aire, alimento, vestidos como metáfora del dolor o la muerte. El mismo paralelismo puede hacerse con escenarios de catástrofes ecológicas: la vida no puede desarrollarse en la oscuridad, con hambre, sed, asfixia.

Existen requerimientos mínimos para la supervivencia, primer escalón hacia la plenitud específicamente humana: el pensamiento, la palabra, el trabajo, la creatividad, las emociones.

En ese barco estamos todos juntos, aunque algunos ingenuamente se sientan a salvo en alguna incontaminada isla de la fantasía.

Ocurren desastres naturales imprevistos, pero otros son claramente anunciados, o peor, consecuencia del descuido y de intereses ruines. La ruptura intencional del equilibrio ecológico trae más problemas que ventajas, si no se tiene una visión de futuro.

Es válido que una sociedad busque nuevos espacios de desarrollo dentro de un marco realmente democrático, donde todos los sectores sean consultado y oídos para encontrar consensos.

Nadie exalta la miseria, porque son sabidas sus consecuencias. Existe un nuevo orden globalizado, pero tampoco se trata de insertarse irresponsablemente.

Sin caer en fundamentalismos bucólicos, sin embargo, es preocupante cuando un Estado soslaya los asuntos ecológicos o traslada la responsabilidad a otros, con razones válidas solo en el papel, pero no en la realidad. La tierra y sus recursos son bienes preciados y comunes.

Por lo tanto, deben ser enfocados con una visión de cuidado compartido. Un Estado realmente fuerte -en el buen sentido- puede y debe ser el mejor tutor de estas riquezas. Obviamente asesorado por un excelente equipo de especialistas.

Los potosíes existieron en otras épocas y tenían su justificación -por usar un eufemismo- dentro de un proceso de colonización. Pero eso supuestamente quedó atrás, envuelto en la neblinosa mitificación estética de heroicos caballeros que luchan por su rey y sus creencias. El panorama ahora es mucho más prosaico.

El interés económico se maquilla de técnicos asépticos que utilizan deslumbrantes técnicas de mercadeo, dignas de mejores causas y productos.

Nadie puede adjudicarse la autoridad para violentar los recursos naturales desde un torpe enfoque cortoplacista. Existen consecuencias graves que no permiten negociar la salud y el bienestar de un pueblo, por el efímero plato de lentejas. Sabiamente, una etnia mesoamericana ha formulado esta pertinente reflexión: “La tierra no es la herencia de nuestros padres, sino el préstamo de nuestros hijos”.

Tomado del diario Prensa Libre- www.prensalibre.com


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