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La partición de las aguas
Por Lucrecia Méndez de Penedo - Guatemala, 6 de agosto 2005

La rotunda antisolemnidad poética de Ana María Rodas partió en dos las aguas de la escritura femenina guatemalteca. Un acto osado -y no sólo literariamente- para un medio escleróticamente conservador, tartufescamente correcto y maliciosamente suspicaz.
Sin espadas, sin alas, sin coronas de laureles, sin destinos manifiestos, Ana María resultó ser una heroína de estos tiempos -aunque satanizada por muchos como una codiciada mina vagante-, que combatía desde su propio cuerpo y palabra cotidiana contra el abuso, la estrechez, la ignorancia. Nunca se escondió detrás de cursis pétalos de flores, dramáticas pieles de tigresa, imponentes gafas, ingenuas poses de ruptura, lacrimosos cabellos blancos. Ana María dinamitó los estereotipos femeninos impuestos o comodones para tener el valor de ser ella misma con admirable coherencia. El precio ha sido alto pero ella no ha quedado a deber nada. Y no lo ha cobrado ni con victimismo o, peor aún, chantajismo melodramático. Acaso con momentos de depresiva soledad causados por la certeza de la incomunicación, manifestada por una punzante y tierna melancolía, que signa también algunos de sus mejores textos narrativos.

La lucha de Ana María Rodas ha sido tan lúcida como pasional. Pero sería muy equivocado, considerarla una mujer iracunda, belicosa y peor aun, sombría. Quienes la conocen saben que es mujer de hondos afectos, empezando por los familiares; de las que apuestan todo a la amistad y a las causas justas compartidas que ha sabido defender valientemente como periodista. Que le gustan las fresas, los perros y las bromas. Que jamás abandonaría su trinchera guatemalteca, con todo y lo asfixiante que ha sido, para luchar en tierras ajenas. En su batalla cotidiana, que es auténtica y no de efectos especiales, a pesar que el medio se empeña en desmentirla, hay todavía algo que parece ingenuo ahora: estupor por algo que puede imaginarse. Me refiero a las tan desprestigiadas utopías, aunque sea en dimensión light.

La mujer guatemalteca está colocada transversalmente en un nivel subalterno, y como si fuera poco, dentro de una sociedad periférica, ya de por sí subalterna y marginalizada. La identidad de la mujer no es un rostro petrificado en un espejo, sino una imagen construyéndose incesantemente para conformar un nuevo sujeto. Por otro lado, la cultura de la violencia que ha signado la historia contemporánea de nuestro país, ha marcado la vida de las mujeres, tanto en su mundo social como en el íntimo. Algunas intelectuales y artistas que han tenido el privilegio del acceso a la cultura cobraron conciencia de que la mujer padece de una hipermarginalización por sexo, etnia, clase social, pero sobre todo, por los patrones culturales machistas tan arraigados por seculares modelos de vida sexistas que atraviesan todas las clases sociales e inclusive las ideologías más progresistas. Algo ha cambiado y eso es mérito de mujeres como Ana María Rodas. Antes que estuviera de moda el término, ella cuestionó la relación conflictiva entre sexo biológico y género: entre el determinismo impuesto por la centralidad patriarcal y el derecho a la libertad de elección.

Domingo 12 de septiembre, 1937
a las dos de la mañana: nací
De ahí mis hábitos nocturnos
y el amor a los fines de semana.
Me clasificaron: ¿nena? Rosadito.
Boté el rosa hace mucho tiempo
y escogí el color que más me gusta,
que son todos.
Me acompañan tres hijas y dos perros:
lo que me queda de dos matrimonios.
Estudié por que no había remedio;
Afortunadamente lo he olvidado casi todo.

Tengo hígado, estómago, dos ovarios,
una matriz, corazón y cerebro, más accesorios.
Todo funciona en orden, por lo tanto,
Río, grito, insulto, lloro y hago el amor.

Y después lo cuento.

Poemas de la izquierda erótica (1973), publicado cuando Guatemala estaba sumida en una guerra civil sucia y no declarada, constituyó un caso literario. El libro apareció en una época de arqueología próxima cuando el espacio de la mujer estaba aun más rígidamente demarcado por jaulas -algunas de oro y otras menos-; la voz reducida a una especie de mudez o murmullos en el desierto, y la escritura poética aceptable limitada a los trinos o sortilegios. Ana María cambia de tajo a un registro áspero, colérico, frontal, sintético, coloquial. Su palabra fue una bofetada al rostro de la mojigatería y la retórica. Después de ella fue realmente el diluvio y nada volvió a ser igual en la poesía de mujeres guatemaltecas.

Así, este poemario constituye un eje en la poesía guatemalteca de este siglo. Y un paradigma por su alto nivel experimental dentro de las líneas de la antipoesía, el exteriorismo y el prosaísmo. Esta determinada voluntad anticanónica requería de estrategias subversivas, que defenestraran irreverentemente tradicionales eufemismos y elipsis, pero también de una demoledora ironía que por primera vez invertía los roles al colocar al hombre en la posición de objeto (inclusive desechable).

Cuando publica este volumen, el proyecto revolucionario no sólo era una realidad cotidiana a la que no era posible sustraerse, sino que todavía constituía un paradigma utópico por adherir o cuestionar. Rodas sintetiza la épica íntima de la mujer guatemalteca y la traslada al espacio político, mediante una lectura revolucionaria del erotismo reprimido. Refuncionaliza el proceso de conflicto bélico en clave feminista en textos de ruptura que la colocan fuera de los bordes de la cultura oficial. Por este exceso destructivo se convierte en la pionera de la desconstrucción del universo simbólico guatemalteco al masculino. Su postura inicial es tajante: el machismo/el hembrismo en simétrica oposición de contrarios. Esta clara línea de demarcación bélica resultaba indispensable para colocar a los adversarios en igualdad de condiciones. Por otro lado, la jubilosa recuperación del cuerpo y la propia sexualidad se convierten en el inicio del conocimiento y aceptación de sí misma como mujer, y posteriormente en el reclamo de su propio espacio. La mitificación de la condición femenina mediante espléndidos poemas que expresan un estado de plenitud armónico entre cuerpo y emociones resultaba indispensable para colocarse en una perspectiva radicalmente diferente a la tradicional, tanto frente a la mirada propia, como a la del otro. Y viceversa.

Un aspecto sumamente agudo del planteamiento de Rodas es el enjuiciamiento a la incoherencia de conducta de parte del demagógico compañero “revolucionario” (de la cama para afuera).

Mírame
Yo soy esos torturados que describes
Esos pies
Esas manos mutiladas.
Soy el símbolo
De todo lo que habrás de aniquilar
Para dejar de ser humano
Y adquirir el perfil de Ubico
de Somoza
De cualquier tirano de esos
Con los que juegas
Y que te sirven, como yo, para armarte
Un escenario inmenso

Esta imposibilidad de diálogo entre liberación social y liberación femenina -ambos ultrautópicos en la Guatemala de los setenta- la expresa enjuiciando a los iconos revolucionarios:




(…)
Voy a terminar como aquel otro loco
que se quedó
tirado en la sierra

Pero como mi lucha
no es política que sirva a los hombres
jamás publicarán mi diario
ni construirán industrias de consumo popular
de carteles
y colgajos con mis fotografías

Sin embargo, desde entonces, el discurso poético de Rodas no es excluyente del hombre, a pacto que se establezca una nueva relación paritaria:

(…)
Pero al hacerme mujer
al mostrarme que los seres
son tan libres
Comprendí
que libre-yo
y libre-tú
podemos tomarnos de la mano
y realizar la unión sin anularnos

A pesar de la rabia, ya en este poemario se filtra una especie de melancolía por un paraíso íntimo imaginado pero posible, y sin embargo, incomprensible para el hombre:

Tienes la gran cualidad
de convertir en mortaja las palabras
Y la gracia
de volver mezquino lo sereno.

No hay duda,
por más que trataras de negarlo,
eres un hombre de cuerpo entero.

Pero sería muy reductivo afirmar que Ana María Rodas es sólo una extraordinaria poeta feminista. Con aguda inteligencia supera la típica condena filial a los padres, porque se percata que ellos también son víctimas de un sistema obtuso e injusto. En la sección “La muerte de los padres” del poemario Cuatro esquinas del juego de una muñeca (1975), el ataque irreverente a las figuras paternales en realidad es al sistema que también ha ultrajado a los propios progenitores. En uno de los poemas se evidencia, a la par de la rebeldía, una intensa compasión a la memoria de los padres:

Padres Creadores de toda ilusión viviente
por agonizar entre los cánones que ustedes inventaron
y lo humano
escogió mi padre, padre de carne y hueso
evadirse de Su Reino alucinante
a través de diez años de angustia y de alcohol.
Y más tarde
la que me parió de madrugada
tragó una capsulita con olor a almendras.
Yo soy lo que queda de ese par de cadáveres reales
de esa pareja
que encontró la puerta falsa
para evadir las dentelladas de los perros
que ustedes amaestran.
(…)

En El fin de los mitos y los sueños (1984) el panorama es sombrío. La realidad se impone, sobreviene el cansancio y la mujer aparece condenada a la soledad, al dolor. A la constatación de la irremediable incomunicación con el otro. Un hogar vacío, precisamente de “mitos y sueños”, que finalizará por expulsarla hacia la intemperie o inclusive a la nada:

Hogar
Y uno llega a su casa
y se encierra
entre los cuatro muros
de la soledad
del silencio.
Y uno está en su casa
y le acompañan
el que no está
lo no vivido
un colchón frío
y una
ventana
abierta

El brío inicial se empaña. La voz baja de tono a registros amargos y a ratos de insólita autoconmiseración lindante con la ironía y el sarcasmo. La construcción del sujeto femenino ha sido una lucha perdida y extenuante y Rodas construye una imagen impactante, casi un icono nihilista de la opresión:

Proyecto de monumento
La Tumba de la Mujer desconocida
/la mujer cosa, la única pensable/
se remata con una estatua de hombre
apoyando su pie delicadamente
sobre
una forma
femenina
envuelta en un sudario de silencio

Adentro de la tumba/por supuesto/no hay nada.

Sin embargo, existe un rescoldo de dignidad que ha ganado pagando el precio de sus llagas, dado por la certeza de haber actuado a conciencia:

In pace
He domado el lugar que ocupan
mis pies
sobre la tierra.
Sí lo reconozco algo he hecho
he pagado mi cama y mi pan. Sé que merezco
el tranquilo descanso bajo este terreno
que he domado con mis propias entrañas.

Si en estos tres poemarios el recorrido dentro de sí misma la ha sumido en la desesperanza, Rodas despierta al enfrentar las secuelas y las heridas abiertas de la guerra y la violencia. Esta cólera casi bíblica encuentra cauce en La insurrección de Mariana (1993). Rodas retoma el discurso iconoclasta de sus primeros poemas y arremete contra el oportunismo apenas encubierto por todas las ideologías en pugna que se adjudican el derecho de hablar por ella. Nuevamente es la heroína solitaria, la rebelde irreductible. Los poemas son vibrantes, hirientes porque no son meras abstracciones o ejercicios retóricos; hay una gran fuerza en ese dolor por los desaparecidos que la marcado y que la obligan como superviviente a testimoniar el martirio de los otros. Sus desaparecidos no gozaron ni siquiera de los ritos fúnebres:
Desaparecidos

Que extraño ser es ese
que no entiende
por qué escribo desapareció cuando alguien muere
Que me enseñe la lista de sus muertos.
todos en la cama, por supuesto
y a respetable edad.

Mire esta mía: cortados prematuros,
pisoteados, maltrechos.
A mí no me tocó la suerte
de cerrarles los ojos ni rezar nueve días.
Fueron uno tras otro. Y por el miedo
y el dolor
y la angustia
no tuve tiempo de investigar
cómo
quién
ni por qué
Pero me consta que desaparecieron.

Un motivo que siempre había estado presente en la poesía de Ana María Rodas era el icono junónico de la mujer-madre-tierra, arquetipo con el que concluye este último poemario, como una especie de fugaz espacio alternativo a niveles “pre-históricos” ante la impotencia del conocimiento y el desencanto de la historia. Del caos circundante, regresar al magma germinal, en una especie de autoprocreación para seguir sobreviviendo:

Emerjo
De las profundidades. Huelo a sangre y a sal
Soy el océano
Que se mueve crujiendo, arrastrando
Deseos
Temores
Visiones
Entre los dedos.

Soy un pantano humeante lleno
De sensuales animales viscosos
Soy el calor el agua el trueno
Esta jungla prehistórica
Este bosque tropical

Me hundo en lo desconocido. No sé
A
Dónde
Regreso.
Al resurgir sólo experimento
La certeza triunfal de haber sobrevivido el viaje.

Otro, donde los mitos renacen y se construyen cósmicamente: la mujer como origen y fin de la vida:

(…)
Mariana es una luna
inmensa
arrastrando en el vientre las eternas noches
para arropar al padre / hijo / amante
y conducirlo al mar
(…)

La partición de las aguas que Ana María Rodas ejecutó con tanta fuerza hizo que éstas jamás volvieran a su nivel. Si por una parte ella tuvo precursoras lejanas como María Josefa García Granados o coincidencias más cercanas como Luz Méndez de la Vega, Margarita Carrera, Isabel de los Ángeles Ruano, Carmen Matute, también es cierto que su discurso poético de muy alta factura y originalidad, abrió las compuertas a nuevas estrategias idóneas para expresar la realidad y perspectiva de las mujeres actuales contemporáneas que siguen reelaborando este tipo de discurso poético: Aída Toledo, Regina José Galindo, Alejandra Flores.

Ana María Rodas es una poeta que va más allá del contenido de su discurso en pro de la liberación femenina, tanto de su cuerpo como de su espíritu. Su universo simbólico apunta hacia la libertad como espacio de plenitud para la vida y la poesía. Pero un espacio no excluyente, sino compartido paritariamente hombro a hombro: conflictivamente, sin promesas de finales felices ni soluciones simplistas. Pero también es cierto que no se trata de una libertad abstracta y retórica, sino sólidamente enraizada en la historia.

Ana María Rodas es sobre todo una gran poeta guatemalteca. No implica esto que su discurso subversivo haya sido neutralizado por la academia o el sistema, o que haya perdido vigencia. Bastaría constatar con cuánto interés se conoce, estudia, publica, traduce y aprecia su obra en el extranjero, donde está considerada una de las voces femeninas más altas de la literatura hispanoamericana contemporánea y nos representa a un altísimo nivel.

(Texto inédito de la presentación de Ana María Rodas, con motivo de recibir el Premio Nacional de Literatura “ Miguel Ángel Asturias”, Guatemala, 2000)

Fuente: www.lahora.com.gt


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