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El soñador ausente
Por Lucrecia Méndez - Guatemala, 5 de octubre de 2005

Tenía excesiva luz propia. No podía evitar iluminar o encandilar.

Manuel José Arce fue un personaje extravagante. Tanto como para decidir ser soñador en Guatemala.

Algunos se identificaron con los personajes y escenarios cotidianos que fijaba en su Diario de un escribiente, friso de una pequeña ciudad y sus habitantes que crecían desordenadamente dentro de la espiral de violencia.

No perdonaban el café del desayuno sin su compañía. Otros lo ridiculizaron. Es fácil ser cruel con el más vulnerable. O el más inocente.

Manuel José tenía excesiva luz propia. No era alguien que dejaba indiferente al otro. Para quienes lo seguimos extrañando, es fácil caer en la tentación de mitificarlo, ya que consciente o inconscientemente fue forjador de su propio personaje y leyenda.

Su estampa de caballero de otros tiempos, con capa en los hombros y espada antañona en la pared, se fundía con la del escritor siempre temperalmente joven y bohemio.

Llevaba el teatro literalmente en las venas. Pero no era superficial. Era imaginativo.

Fue miembro genial de una especie en vías de extinción: la del conversador ameno.

Su charla era tremendamente seductora por el derroche de gracia y agudeza. Pocas personas con tanto sentido del humor, como debe ser: iniciando por sí mismo. Su puntería era exacta, las palabras justas, el golpe rotundo. Amaba intensamente, lo que constituyó su “cruz y delicia”.

Desde hacer libros artesanales hasta pulir una silla, lanzarse a aventuras políticas, polemizar por la prensa, enamorarse siempre perdidamente, invitar al amigo a un café con sus últimas monedas. Todo esto lo hace imprescindible en el recuerdo.

Devoto de la amistad, escribió. “Y los amigos. ¡Aquellos amigos por los que yo me hubiera dejado cortar la cabeza! Aquella muchedumbre a la que yo servía en mi propia casa y en cuyo culto y alabanza invertía mis horas vitales. (...) Gracias, amigos que dejaron de serlo, gracias los que me hicieron mal, gracias los que escupieron mi nombre, los que defraudaron mi confianza, los que mordieron mi nombre. Gracias porque se fueron.

Gracias porque, contrariamente, me enseñaron a reconocer los amigos de verdad, esos pocos que tengo y que son tantos”.

Su voz no necesita ni justificación ni explicación. Se sostiene sola. Fue a la vez coloquial y culta, traviesa y profunda, jubilosa y angustiada, íntima y compartida, erudita y popular, tradicional e innovadora.

Inolvidable su mirada: ojos húmedos de estupor, de júbilo y, como pocos, tristes. Como sólo saben ver los niños.

Fuente: www.lahora.com.gt


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