Mi corazón se quedó llorando bajo un árbol
Por Lucrecia Molina Theissen - Guatemala, 13 de marzo de 2010
En El Petén, con las mujeres y los hombres de Dos Erres: las madres, padres, hermanos, hermanas, viudas, hijos, hijas, abuelas, abuelos, todos los familiares de quienes fueron echados quizá aún vivos al pozo donde fueron rematados con granadas. Todos se reunieron un sábado para informarse y decidir sobre la disposición de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de exhumar e identificar los restos de la víctimas, entre otras medidas de reparación dictadas en su reciente sentencia. Y allí estuve, uniendo dolor y fortaleza con gente de la más humilde de nuestro país, admirable por la persistencia, el valor y la dignidad que han demostrado al llevar adelante el proceso judicial interno, hasta ahora infructuoso, y otro –más efectivo- en el ámbito interamericano. En este, han sido acompañados por más gente, admirable y valerosa también: abogados, abogadas y defensores de derechos humanos, como Aura Elena Farfán, que ha caminado con Dos Erres llevando a su hermano al lado.
Escuché al hijo del hombre que era dueño del pozo decir “yo quiero saber si allí está mi papá”, con una determinación y un coraje que no minan los casi 28 años transcurridos desde la masacre. También a una mujer angustiada que contó que los suyos, sus muertos, no estaban en ese lugar, sino en un potrero donde fueron abandonados por los criminales en un promontorio de cadáveres que nadie se atrevió a tocar. En el llano petenero, los cuerpos dejaron de ser cuerpos y se volvieron huesos que devoró el infierno de las rozas, una y otra vez hasta que se confundieron con la tierra donde no crece nada, solo hay polvo y cenizas, tierra mezclada con lo que fueron los 6240 huesos de treinta personas que eran alguien para la gente que llegó esa tarde a Las Cruces.
85 años me contemplaron desde el rostro curtido de una mujer que, con la voz muy firme, me dijo que en Dos Erres perdió a su hija, siete nietos y nietas y dos yernos. A seis más los habían matado antes, uno a uno, entre los sesenta y los ochenta. “Dieciséis de mi sangre ya no existen”. Ella tiene un Dios enorme que alcanza a bendecirme desde su mano alzada, a mí, que alguna vez creí que era la que más había sufrido en este mundo.
También pude escuchar a otra mujer, abuela de otros muertos, madre huérfana de hijos asesinados, que perdió a 16 en la matanza. Y a una hija que tenía año y medio cuando murió su madre de tres infartos al enterarse que habían asesinado a su padre y su hermano, un niño de once años. “A mí me crió mi abuela”, me dijo cuando estaba en la fila para dar su adn.
Salí de la reunión y me fui a un cementerio muy alegre, el de Las Cruces, lleno de tumbas de todos los colores, decoradas con guirnaldas de plástico aún más coloridas. En una porción del camposanto, cercada por un muro, acompañados por un pozo que recrea el del parcelamiento, aquel que se tragó a los muertos, se guardan los restos de la gente que fue exhumada en 1995. También allí hay guirnaldas de colores, flores plásticas y en la base de una cruz muy alta, de cemento, una placa de mármol que contiene la letanía de los nombres. En este cementerio y en los llanos peteneros, por donde pasó el fuego de la muerte, las víctimas de las Dos Erres y sus sobrevivientes, aguardan la justicia.
www.albedrio.org |