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La socialdemocracia: una alternativa humanista
Por Luis Zurita Tablada - Guatemala, 20 de julio de 2005
zurita_tablada@hotmail.com

Es cosa conocida que la civilización y la cultura en la que está empeñada la humanidad es un asunto que dura ya alrededor de 10 mil años. Atrás quedaron el nomadismo, la sociedad primitiva, el feudalismo, el esclavismo, encontrándonos ahora en el seno del liberalismo, que es un modelo multifacético que ha aterrizado de diversas maneras, ora priorizando el interés individual en detrimento del ser social, ora buscando el equilibrio entre el ser individual y el ser social. Esas son las únicas posibilidades societarias dentro del liberalismo, porque si se priorizara al ser social en detrimento del ser individual entonces ya estamos hablando de comunismo, que es una teorización que niega la libertad individual o la posterga, siendo ese su talón de Aquiles, porque la libertad es la más importante conquista del proceso de humanización. Empero, un sistema en donde el ser social no niega al ser individual, ni el ser individual niega al ser social implica la puesta en escena de un modelo en donde ya la prioridad no es el Estado ni el mercado, sino el ser humano; ello, sin salirse del demoliberalismo, es el territorio de la socialdemocracia.

De hecho, entonces, a excepción del comunismo, todos los modelos que se oponen al liberalismo a ultranza son teorizaciones ideológicas que buscan, desde la perspectiva humanista, la concreción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad como interpretación de la realidad y como horizonte de espera al mismo tiempo.

¿En qué medida es la socialdemocracia, desde la izquierda democrática, pero sin salirse del marco liberal, una alternativa que garantice la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas?

En pocas palabras, porque el tema es de suyo complejo como extenso, desde la perspectiva filosófica e histórica, baste aquí decir que la socialdemocracia es una ideología que se adscribe al humanismo más acendrado porque define como postulado fundamental que su prioridad absoluta no es el mercado ni el Estado, sino el ser humano. En ese orden de ideas, el Estado y el mercado no son fines en sí mismos, sino simplemente medios para alcanzar el desarrollo humano porque el ser humano es la prioridad absoluta por encima de cualquier otra prioridad. Ello implica, desde luego, recuperar la noción de un Estado fuerte y moderno, o sea, legítimo, con autonomía relativa y con recursos financieros. Pero, paralelamente, un Estado fuerte y moderno debe convivir armoniosamente con un mercado fuerte y moderno. ¿Con qué objeto? Tomando como base los planteamientos de Joseph Stiglitz, la economía de mercado puede ofrecer incentivos para la creación de riqueza, pero, a la larga, lo que debe importar no solo es el ritmo del crecimiento económico, sino qué tipo de sociedad se desea crear; es decir, por ejemplo, una que se base en una mayor igualdad y que utilice el poder de los mercados para llevar prosperidad no solo a unos cuantos sino a toda la sociedad o una que, aunque genere crecimiento económico, se base en la concentración de la riqueza y genere, como consecuencia, una mayor desigualdad social. Es obvio que para un socialdemócrata la segunda opción no es el camino, porque sería una contradicción absoluta de su ideario. Es el caso que, como lo señala Marcel Mazoyet, ex presidente del programa alimentario mundial, los mercados por sí solos no pueden acabar con el hambre porque no están hechos para cubrir necesidades, o sea, para equilibrar oferta con necesidad, sino oferta con demanda.

En ese sentido, dícese de la socialdemocracia que es una tercera vía entre el capitalismo -que se basa en la propiedad privada de los medios de producción como eje principal que excluye otras formas de propiedad- y el colectivismo -que se basa en la propiedad estatal de los medios de producción como eje principal que excluye otras formas de propiedad-. Así, la estrategia política de la socialdemocracia es la procuración de una sociedad en donde el equilibrio entre mercado y Estado funcione en beneficio integral de los hombres y de las mujeres. Podría decirse, por lo tanto, que la utopía socialdemócrata es la transformación democrática de la sociedad, con el fin de construir un mundo en el cual, mediante la satisfacción generalizada del mínimum vital, se garantice a todos los seres humanos -sin ninguna cortapisa- la expansión espiritual, la derrota de la pobreza, el desarrollo de su totalidad humana, el establecimiento de relaciones de cooperación entre congéneres y de armonía estratégica con la naturaleza.

Los postulados universales de tal ideología se adaptan a la realidad histórica de los pueblos. En ese sentido, el desafío es interpretar y difundir al seno de sociedades concretas los postulados de libertad (de participación, de elección, de representación, de movimiento, de culto, de opinión, de pensamiento y de organización); de igualdad (de oportunidades y de derechos), de justicia social (mediante una justa distribución de la riqueza, pues, sin la igualdad de posibilidades para todos los integrantes de la sociedad, la libertad es una ilusión) y de solidaridad (mediante la ayuda recíproca consciente, tanto a nivel de individuo, familia, comunidad, nación y en el ámbito internacional entre naciones y pueblos), por supuesto, ideas que han de nutrirse de la historia, de los valores y del barro que nos hace guatemaltecos.

En términos generales, la socialdemocracia latinoamericana se nutre de los principios de la socialdemocracia europea, de la Revolución Francesa, de la Revolución Mexicana, de la Reforma Universitaria de Córdova, del pensamiento APRISTA del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre y de la Revolución guatemalteca de 1944.

Por lo demás, la socialdemocracia propugna por un orden social donde impere la democracia política, la democracia social, la democracia económica y la democracia cultural. Ni pan sin libertad, ni libertad sin pan. Es un imperativo llegar a una sociedad en la cual se realice plenamente la democracia global, es decir, el desarrollo pleno de todas las formas de democracia, entendiéndose por tales la democracia política (que ha de entenderse, según la conceptualizara Humberto Cerroni, como un instrumento para apuntalar el proceso político hasta que se convierta en social, con el fin de alcanzar un bienestar en constante crecimiento; una vida en libertad, sin dependencia ni explotación, mediante una participación justa de todos en la renta creciente. En ese sentido, la democracia política es -paradójicamente- un medio y un fin, porque encarna al mismo tiempo el mejor disfraz para pregonar la igualdad formal -porque encubre la desigualdad real- y el mejor terreno de lucha para apuntalar el proceso hacia la igualdad real. Para el efecto, los instrumentos de la democracia política son: el gobierno de las mayorías, el respeto a las minorías, el derecho al sufragio, elecciones libres, libre asociación y organización, libre opinión, libre juego de partidos políticos, equilibrio de poderes, igualdad de posibilidades ante los medios de información, defensa de la soberanía nacional, alternancia en el poder y preponderancia del bien común), la democracia social (igualdad, participación plena y activa, representatividad, libre acceso a la educación y a la cultura y derecho a la vida mediante la satisfacción del mínimo vital), la democracia económica (derecho a trabajo digno y bien remunerado, preocupación por el bienestar de las mayorías, organización mixta de la economía, responsabilidad compartida en el desarrollo, mecanismos de equilibrio y justicia social y justa distribución de la riqueza) y la democracia cultural (respeto a la multiculturalidad e impulso a la unidad en la diversidad, pero, en el contexto de una interculturalidad que propicie el desarrollo pleno de todos los guatemaltecos, independiente de etnia, sexo, religión o idioma).

Fuente: www.lahora.com.gt - 190705


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