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Otra daga en el corazón caribeño
por Miguel Ángel Albizures - 24 de marzo de 2004

No hay duda de que hay aspectos políticos importantes en el acontecer nacional que ameritan ser comentados, pero es imperdonable dejar pasar por alto una agresión más del imperio en el continente latino para quienes creemos en el derecho de autodeterminación de los pueblos y estamos hartos de que se pisotee su dignidad y su suelo.

Al estilo gansteril que acostumbran, el gobierno de George W. Bush ordenó la llegada de mercenarios a Haití, que encañonaron, secuestraron y expulsaron al presidente Aristide y, en un avión militar estadounidense, lo trasladaron a la República centroafricana, mientras protegían la entrada de escorias que, revestidos de un falso patriotismo, encabezaron la resistencia apoyándose en las bayonetas yanquis para sentar las bases de un plan que le facilite a Estados Unidos asertar un golpe a Venezuela y Cuba, que siguen siendo la espina clavada en su garganta.

No importa si el gobierno de Aristide no había respondido a las aspiraciones del pueblo haitiano, ni importa si les gustaba o no a los gringos su forma de gobernar, lo que importa es que se repite una asquerosa intervención en el Caribe con absoluto irrespeto a la soberanía de un pueblo, y todo en nombre de la democracia que pregonan y que se sintetiza en el garrote y las zanahorias. Por lo visto, no bastan los tratados de libre comercio y las imposiciones políticas y económicas en Latinoamérica, hay que asegurarse gobiernos dóciles, aunque para ello recurran a los ex guardias pretorianos más conocidos como los Tonton Macoute que en el pasado sembraron el terror en la isla caribeña.

Queda claro que, en la acción contra Aristide, participaron marines miembros del Equipo de Seguridad Antiterrorista que se movieron del Fuerte Lejeune, en Carolina del Norte, después de que el subsecretario de Estado para Latinoamérica, Roger Noriega, y Otto Reich, enviado especial del presidente Bush para el Hemisferio occidental, terminaran los planes de intervención de común acuerdo con mercenarios nacionales como Guy Philippe, Lois Jodel Chamblain y Emmanuel Toto Constant, ex pretorianos que se prestaron para sus nefastos planes, como única forma de recuperar el poder en Haití.

Estos elementos fueron entrenados y armados por la Central de Inteligencia Americana (CIA) y por la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) de Estados Unidos y, por supuesto, con la colaboración de la Fundación Nacional Cubano Americana que tiene su sede en Miami, desde donde extiende sus tentáculos para desestabilizar Cuba y mantener estrecha relación con grupos neofascistas del continente.

En Guatemala, estamos en el año del 50 aniversario de la invasión estadounidense, de aquel fatídico día en que retrocedimos al pasado y se frenó el camino hacia la democracia, la justicia y el Estado de Derecho. Es el año en que esperamos que los sectores democráticos salgan a la calle para condenar, una vez más, la intervención y para recordar a los políticos estadounidenses que ellos, y nadie más que ellos, son los responsables de las desgracias que vivimos a lo largo de medio siglo y de los problemas fundamentales que hoy en día seguimos padeciendo.

Por eso es que no podemos callar como pueblo, que no podemos cerrar los ojos a lo que acontece en el continente, porque sabemos de sobra las consecuencias del silencio cómplice de muchos países que se aliaron al imperio para sofocar los intentos de la evolución guatemalteca. Hoy, la daga se ensarta en el corazón caribeño, como sucedió ayer con República Dominicana y con la diminuta Grenada, y como puede suceder en cualquier país del continente donde, con permiso de los gobiernos entreguistas, han asentado sus bases. Callar y aguantar es complicidad.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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