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Carta al General
por Miguel Ángel Albizures - 31 de marzo de 2004

El mes de marzo, y especialmente el día 23, es especial para usted. No creo que se le haya olvidado esa fecha tan importante, por todo lo que representó en su vida y por lo que hizo, lo bueno y lo malo, lo que se propuso y lo que logró en los laberintos del poder y al mando del Estado. Se ha de acordar del momento que, en traje de campaña, estuvo en el balcón del Palacio Nacional, y de la primera reunión en la que empezó a impartir sus órdenes.

Nosotros también nos acordamos del Estatuto de Gobierno, de su Consejo de Estado, armado a troche y moche y del inicio de su campaña Victoria 82, de la política de Tierra Arrasada y, por supuesto, de los fusiles y frijoles. ¿Se acuerda usted de ello? ¿De haberle dado continuidad al genocidio iniciado por Lucas García?, ¿de haber implementado las masacres en el territorio nacional? Usted, General, celebra un aniversario más de haber estado persiguiendo niños, mujeres y ancianos. De haber dado órdenes para quitarle el agua al pez, con plena conciencia de que el agua eran los civiles, y los peces, los guerrilleros que siguieron su camino, cambiaron de escenario, mientras usted, General, y sus mandos a todos los niveles se ensañaron con la población indefensa. Lástima, General, que no cumple años de estar en la cárcel, de pagar sus crímenes, de pagar sus órdenes de exterminio.

Lástima que sea cárcel domiciliaria, por lo que menos esperaba, por hechos que, a pesar de lo violento, no tienen parangón alguno con los cometidos en los 16 largos meses en que detentó el poder en Guatemala.

Usted lo sabe, General, no hay odio en mis deseos, no hay ni el más mínimo deseo que muera, ni que se enferme, ni que le dé amnesia o Alzheimer –como supuestamente tiene el general Romeo Lucas García–. Creo que un General como usted, que ha logrado mantenerse en la palestra pública y dirigir uno de los tres poderes del Estado y que todavía le hace cosquillas al Gobierno, debería enfrentar con hidalguía su situación, la verdad de los hechos, y reconocer frente al pueblo que, por combatir a la guerrilla –que nadie le critica y condena por eso–, se llevó aldeas enteras con el fusil, la metralla, la persecución y la guerra psicológica que implementaron sus oficiales.

Usted sabe que no pedimos justicia por los pírricos que puso a hacer a los maestros, ni por la insolencia de sus discursos fundamentalistas y domingueros, ni por el pisoteo a la Constitución, que también es delito, ni por atribuirse o arrogarse los tres poderes del Estado al no dejarles cumplir con sus funciones libremente. No, no es por eso que pedimos justicia. No es por eso que presionamos al Ministerio Público para que haga la persecución penal, sino por las víctimas, por los millares de personas que murieron en esa persecución implacable que implementó cuando usted fue Jefe de Estado.

No se necesita haber tomado la pistola o la metralla y disparado contra gente inocente, pues en eso no pierden tiempo los generales cuando sus deseos son órdenes. Es suficiente con pensar y planear la estrategia y dar las órdenes para que otros sean los que hagan el trabajo sucio. De todos modos, también quienes dan las órdenes se ensucian las manos, son responsables –y más que los autores materiales– de las masacres cometidas, de pretender exterminar a los pueblos indígenas, de pretender acabar con la población guatemalteca que no estaba combatiendo.

Todas esas víctimas que yacen en los cementerios clandestinos, y las que ya han sido enterradas dignamente, merecen justicia, merecen que se aclare por qué fueron masacrados y torturados. Sus familiares merecen la verdad y la reparación por todo el sufrimiento que pasaron... y la justicia, General, ha de llegar un día, porque la mejor forma de reparar el daño causado es que quienes lo hicieron y quienes lo ordenaron paguen sus crímenes en esta tierra.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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