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“Era tras la vida por lo que íbamos”
Por Miguel Ángel Albizures - 26 de abríl de 2004

Que los jóvenes asesinados, era tras la vida por lo que iban, es lo que jamás comprenderán aquéllos que justifican la matanza con haber salvado a Guatemala de las garras del comunismo. No lo entenderán, porque jamás van a entender lo sueños, los ideales, los anhelos y esperanzas de la juventud de ayer que quería cambiar este país, que quería hacer de las arcaicas estructuras políticas, económicas, sociales, culturales y ambientales, algo justo, donde la solidaridad se manifestará abiertamente y las tremendas diferencias que siguen reinando, dejarán de ser causa de enfrentamientos.

La Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (piedra en el zapato de los responsables de crímenes del pasado), realizó un acto de homenaje y dignificación de las y los estudiantes asesinados, así como a sus familiares que viven con el dolor y el recuerdo. Uno a uno iban pasando los familiares y algunos de los ex compañeros de los estudiantes sacrificados. Los lentos aplausos, con mezcla del dolor y la nostalgia les acompañaban hasta la tarima y, en los presentes, los recuerdos se amontonaban uno a otros al escuchar los nombres conocidos en la época trágica. Las lágrimas corrían en los rostros y hubieran sido capaces de inundar el patio, porque como lo reconocen en el libro que fue entregado con los nombres de más de 600 víctimas, “las lágrimas son el recurso con el que siguen contando”, porque el silencio, el no tocar el caso, el no querer hablar del hecho, fueron la norma tras la persecución y la amenaza, y es lo que se refleja en los millares de testimonios. El llorar en silencio, el vivir con la esperanza y recibir hoy en día el reconocimiento por lo que hizo su hijo, su padre o madre, su hermano o hermana o su familiar asesinado o desaparecido, es dignificar a las víctimas y condenar a los victimarios.

No se estrecharon las manos entre familiares, porque los corazones estaban entrelazados, porque el sentimiento humano no se transmite sólo con palabras y apretones o abrazos, cuando el recuerdo es el mismo, cuando el dolor es el mismo, cuando el coraje y el rechazo indignan frente a la vileza, el ambiente se cubre de solidaridad humana que va más allá de las palabras de perdón y de la acción de la justicia. Y eso sucedía porque todos, quizás todos, incluyendo a los orejas de siempre, fuimos víctimas en mayor o menor grado de la política de exterminio, golpeados por la tragedia, por el recuerdo, por la rememoración de los hechos que desangraron a este “pequeño y bello país”, en donde no quedaron familias sin ser afectadas, tal como lo señalan sin remordimiento en una entrevista. “Esa época fue una tragedia, tanto en el caso de las víctimas como para los victimarios, ya que la degradación que sufrieron éstos también es dolorosa y deja una herencia trágica para sus hijos”. ¿Entenderán esto quienes ordenaron y ejecutaron los secuestros y asesinatos?

El libro en su conclusión final, nos hace un llamado a todos a comprender que “la recuperación y fortalecimiento de la memoria histórica, requiere que se promueva la dignificación de nombres, rostros, identidades, cotidianidad, solidaridad, valores, principios, mística y entrega de jóvenes que soñaron y se esforzaron por construir una Guatemala democrática, incluyente y equitativa. Porque la juventud... era tras la vida por la que iba”.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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