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Los trabajadores y Jacobo Arbenz
Por Miguel Ángel Albizures - 21 y 24 de junio de 2004

El gobierno de Juan José Arévalo pavimentó el camino hacia la democracia, haciendo realidad el respeto a la organización y la participación ciudadana, dando prioridad a aspectos económico-sociales con la promulgación del Código de Trabajo y enfrentando los intentos de golpes de Estado impulsados por sectores nacionales e internacionales que se sentían afectados con las políticas encaminadas a recuperar la dignidad y la soberanía del país.

La agresión estadounidense se acrecentó y se quiso justificar con la elección presidencial de Jacobo Arbenz y con el impulso de las políticas que llevarían a consolidar esos avances que había promovido Arévalo durante los primeros años de la Primavera Democrática.

La contrarrevolución del 54 estalló cuando el gobierno de Arbenz puso en práctica uno de los puntos que afectaban a los monopolios extranjeros y a los grandes terratenientes nacionales que se solazaban en las grandes extensiones de tierra ociosa. En el poco tiempo que duró la implementación de la Reforma Agraria, de acuerdo con el Decreto 900, el gobierno de Arbenz dotó a 100 mil familias de tierra y benefició a un millón de personas. Se realizaron 794 expropiaciones de 8 mil 280 caballerías, tierra que fue distribuida a 1,497 comités agrarios. Todo sucedió entre enero de 1953 y junio de 1954. Por esa época existían extensiones de casi 9 mil hectáreas que apenas tenían un 5 por ciento cultivado.

A algunos historiadores les llama la atención el conocimiento que Arbenz tenía sobre la realidad de los campesinos y la tenencia de la tierra en Guatemala y justifican con que, después de su renuncia al Ministerio de la Defensa para participar como candidato a Presidente, se dedicó a estudiar la problemática agraria. Pero la realidad fue que Arbenz lo que hizo fue escuchar la voz de los trabajadores y campesinos y responder a una petición sentida desde tiempo atrás. Como prueba de ello, se pueden señalar los puntos del Comité Político Nacional de Trabajadores en el que participaron mil delegados de todos los departamentos, en lo que se llamó la Carta de los Trabajadores (enero de 1950), en donde expusieron lo siguiente:

La transformación económica del país deberá iniciarse partiendo de una Reforma Agraria democrática.

Fomentar la industrialización del país en dirección de la independencia económica nacional. Evitar que las inversiones extranjeras sigan frenando el desarrollo nacional y comprometiendo la independencia política. Revisar las concesiones.

Estimular el intercambio comercial. Impulsar una efectiva política bancaria. Crédito hacia la actividad productiva. Modificar el sistema tributario.

El 24 de febrero, el Comité Político Nacional declaró como candidato de la clase trabajadora y campesina “al Ciudadano Teniente Coronel Jacobo Arbenz y Guzmán” y justificaron su proclama diciendo que: “Se le conocía como hombre preparado, honrado y sincero para con las masas y trabajadores. De indiscutible trayectoria revolucionaria, desde el 20 de octubre hasta la fecha, figura destacada en los destinos de la patria y leal al gobierno del doctor Arévalo, como lo demostró haciéndose al lado de los trabajadores y del pueblo el 18 de julio de 1949, hasta lograr la victoria contra el golpe militar de la Guardia de Honor”.

Los sueños de Jacobo Arbenz

A la altura de 1949 y 50, el movimiento sindical urbano y campesino se había convertido en una fuerza capaz de incidir en la política nacional. Es decir, fue el motor de los cambios revolucionarios y el que le diera los votos a Arbenz.

En su discurso de toma de posesión, él señaló: “Nuestro gobierno se propone iniciar el camino del desarrollo económico de Guatemala, tendiendo hacia tres objetivos fundamentales: convertir a nuestro país de una nación dependiente y de economía semicolonial, en uno económicamente independiente; y de país atrasado y de economía predominantemente feudal, en uno moderno y capitalista; y a hacer porque esta transformación se lleve a cabo de tal forma que traiga consigo la mayor elevación posible del nivel de vida de las grandes masas del pueblo. En nuestro programa tiene capital importancia la reforma agraria que tendrá que liquidar los latifundios e introducir cambios fundamentales en los métodos primitivos de trabajo, es decir hará una mejor distribución de la tierra no cultivada o de aquélla donde se mantienen las costumbres feudales e incorporará la ciencia y la técnica agrícola a nuestra actividad agraria en general”.

Arbenz tenía una visión de futuro y sabía que no bastaba un período de gobierno para lograr la transformación de un país atrasado y por eso dejó claro que: “No pretendemos ser nosotros los que concretamente construyamos una Guatemala industrial en seis años. Lo que pretendemos es abrir el camino, afirmar los cimientos de nuestro futuro desarrollo económico, empujar al país por el camino del capitalismo. A nosotros nos toca una parte de este esfuerzo... Tengo profunda fe en el porvenir. Soy por naturaleza optimista y estoy seguro de que, con la ayuda del pueblo, con la colaboración de todos los sectores que quieren el progreso económico, social y político del país, y con una firme voluntad de mantener hacia adelante la marcha revolucionaria, haremos de Guatemala un país próspero, modelo democrático y que conquistaremos para sus habitantes mayor bienestar y prosperidad”.

Sectores apoyados por Estados Unidos, como el Ejército, la burguesía industrial y agroexportadora, los grandes terratenientes y la Iglesia católica –con monseñor Mariano Rossell y Arellano a la cabeza– pusieron el grito en el cielo y arreciaron el combate a las políticas que, según ellos, “atentaban contra los intereses del pueblo, de la moral y las buenas costumbres”, obviando, por supuesto, los efectos que esa política representaba, para que monopolios como el de la United Fruit Company continuaran acaparando tierra y sometiendo a condiciones infrahumanas a millares de campesinos retratados en la trilogía de Miguel Ángel Asturias.

Después de 50 años, hasta la burguesía reciente los efectos de la contrarrevolución que frenó el desarrollo, pues no hubiera sido necesaria la guerra para intentar recuperar las conquistas perdidas, la dignidad y la soberanía, no estaríamos lamentando los millares de víctimas, otra clase de país tuviéramos y el hambre no estaría provocando los estragos que provoca en el campo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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