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Pobreza violenta
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 17 de agosto de 2004

Relacionamos ambas palabras porque la pobreza es una violencia estructural, histórica, permanente, indignante contra millones de seres humanos en el mundo que la padecen y por cuya causa mueren en el mundo diariamente más de 100 mil niños, según los datos que maneja Frei Betto, el encargado del impulso del programa Hambre Cero en Brasil. Si las estadísticas sirvieran para que todos tomemos conciencia de este drama, podríamos distribuir miles de cuartillas dando a conocer los números en los barrios más elegantes, donde vive o llega la gente que todo lo tiene y en abundancia, pero también la más insensible al sufrimiento humano, hasta tanto no les toca de cerca.

De todas formas sabemos que esa desgracia, “el hambre”, quizá jamás les toque a la puerta, porque los hambrientos no pueden deambular por esos barrios o zonas residenciales, porque son tomados como delincuentes, criminales o expulsados por afear el paisaje exclusivo que les rodea y que las fuerzas de seguridad pública o privada están obligadas a salvaguardar. A cuidar de cualquier curioso de ojos saltones, y cuerpos esqueléticos, envueltos en traje indígena o los niños carasucias y carapintadas suplicantes que golpean el alma. Porque allí, ni los ancianos y ancianas que apoyan a su cansado cuerpo en bastón, pueden despertar en muchos la más mínima solidaridad y cambio de actitud acumulativa, que hace las grandes diferencias entre los que mucho tienen y entre los que todo lo necesitan.

La pobreza de unos, suele decirse, es la riqueza de otros, es la acumulación del capital en pocas manos, como parte de la desigual distribución de la riqueza. “La explotación de los niños en los primeros tiempos de existencia de las fábricas es un vergonzoso baldón en la historia de la sociedad capitalista. Los pobres se resistían a enviar a sus hijos a las fábricas. Los industriales lograban explotar en sus empresas a los huérfanos de los orfelinatos parroquiales (...) Los niños se encontraban a completa disposición de los patronos que los encerraban en locales aislados. La jornada de trabajo tenía un solo límite: el agotamiento absoluto (...) En los patios de algunas fábricas podía verse cómo los niños sostenían batallas campales con los cerdos para arrebatarles la pitanza”. Mijailov recogió en La Revolución Industrial, el infierno que vivían los obreros, hombres, mujeres y niños a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con toda la crudeza que se vivía, pero también lo hicieron los inspectores que constataron esa situación y relataron horrorizados lo que veían y oían. En Guatemala existen los niños picapiedra y también los rompeenvases para reciclaje y los menores sometidos a condiciones infrahumanas en la maquila o los que trabajan de sol a sol para agenciarse unos cuantos centavos.

Podrán decir que eso aconteció hace más de 200 años, pero yo sigo viendo a los niños en la calle, en las banquetas, en los barrancos, en los basureros y hasta gente que muere en cuevas, porque ese es todo su techo. Y veo ir a al cárcel, como hace 200 años, a un niño que arrebata una cartera o corre pelando un banano para saciar su hambre. No, la pobreza es una violencia que todos provocamos, de la cual todos somos responsables, pero unos más que otros, porque muchos hemos sido los explotados y muy pocos los explotadores. Y no me vengan con que las cosas han cambiado y que las clases han desaparecido y que, seguir con ese canto, es atraso. Existen, y cada vez el abismo es más grande, y no lo es por los barrancos, sino por la tenencia desigual que se acrecienta.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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