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¿Quién confía en la Policía?
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 29 de agosto de 2004

Muchas cuartillas se han llenado con acusaciones relacionadas con actos fuera de la ley cometidos por agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) y muchos planes se han hecho, especialmente después de la firma de la paz sin que tengan resultados positivos, porque las raíces de los gángster que se cubren con el uniforme son profundas y alcanzan centenares de ellas, incrustadas en todos los departamentos y vinculadas seriamente con el crimen organizado, narcotráfico, contrabando, robacarros, secuestradores y asaltabancos.

El problema es más grave aún, si tomamos en cuenta que no se trata sólo de la PNC, sino que afecta también a la institución militar, sobre la cual se han hecho múltiples denuncias, pero se extiende también a los operadores de justicia, porque uno de los problemas es que entre todos ellos se coordinan perfectamente, pero no es lo mismo entre quienes persiguen el crimen y quieren aplicar la justicia. Y no hay esa coordinación porque un agente que actúa éticamente, se topa con un operador de justicia relacionado con los otros, y viceversa. Si uno actúa bien, el otro entorpece su actuar y quienes salen beneficiados son siempre los delincuentes.

Por lo tanto, los esfuerzos de depuración tienen que alcanzar varias instituciones con revisión profunda de los expedientes, con investigación y vigilancia constante hasta a quienes vigilan e investigan para que sientan algo así como el “Ojo de Dios” que nos decían las abuelas: “Dios lo ve todo” y disuadía algunos de los malos comportamientos. Y, por lo tanto, no se trata sólo de la Policía Nacional Civil, sino de la institución armada, del Sistema Penitenciario, que ya está dando pasos en ese sentido; del Ministerio Público y de jueces en todos los departamentos y municipios donde tengan presencia, porque sucede cada cosa en los rincones de la patria, que cuando se denuncia a determinado fiscal, hombre o mujer, con pruebas y señales, o se le deja en el mismo lugar y no se hace caso de nada, o se le traslada a otro donde se conecta con los tentáculos de quienes actúan en la región correspondiente.

La podredumbre está apestando todas las instituciones y el Estado parece maniatado para actuar y, entre más tiempo pase, más difícil será hacer caminar toda su maquinaria en la cual el sistema de justicia y las fuerzas de seguridad juegan un papel determinante. No sería malo que las autoridades lean con detenimiento Lo Negro del Negro Durazo,no para aprender a hacer lo que él hizo en México, sino para encontrar la forma de combatir a quienes son en Guatemala sus discípulos.

Con buenas intenciones no se logra nada, pero sí con planes concretos realizables sin contemplaciones para quienes, abusando de su autoridad, de la facilidad que les da el uniforme o el cargo, actúan en forma criminal o deshonestamente en el cumplimiento de sus funciones. El colmo de todo es que los despedidos por complicidad con la llamada banda del comisario, un juzgado ordene su reinstalación, mientras que destituciones injustas en la maquila llevan dos, cinco y hasta diez años sin que los jueces actúen con la misma prontitud y esmero.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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