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Las cenizas después de la batalla
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 1 de septiembre de 2004

Eran las 6:30 de la mañana, ante nosotros estaban humeando lo que fueron champas o ranchos que cobijaron seres humanos; bicicletas que un día sirvieron para trasladarse de un lugar a otro, tiradas en el suelo; unos trapos que en algún momento cubrieron algún cuerpo, semiquemados, y algo que parecían sábanas tiradas sobre un alambrado. Una cama de hierro retorcida, posiblemente su o sus ocupantes murieron, quien sabe.

Nadie sabía nada con certeza porque habían huido despavoridos para salvar la vida, ya no para salvar el terreno que ocuparon, la tierra que anhelan y les falta para el sustento diario. Nada más veíamos animales moverse, los perros ladrar y acercarse como pidiendo explicaciones, las vacas hicieron junta, no entendían qué pasaba ni cómo era que estábamos allí. Las gallinas, los patos y los gansos corrían de un lugar a otro y aprovechaban el maíz disperso, mientras los pavos bailaban tristemente cuidando de no quemarse las pesuñas. Un marrano yacía escondido tras un montón de cosas aperchadas, era como si le hubieran caído encima después de un terremoto, ve la cámara y huye quizá para salvar la vida.

Éramos tres absortos por las imágenes imborrables. Era el horrible paisaje después de la batalla y recordábamos lo que nos habían dicho por la noche, unas horas antes, “¡no sabemos cuántos murieron¡, ¡no sabemos qué pasó con los mellizos que recién vieron la luz del mundo!” En eso estábamos cuando otros seres humanos, muy diferentes a nosotros, llegaron en picopada, armas en las manos y un don nadie al mando, dando órdenes. Otro picop por el estilo, seguido de un tractor que removerá las cenizas y terminará de destruir lo no destruido, llega. El botín está allí, las bicicletas, posiblemente radios, maíz y quien sabe que más encontraran en lo que fueron las “casas” en terrenos llamados de la sagrada “propiedad privada”.

Nos interrogan: “¿De dónde son?, ¡no pueden permanecer aquí, deben retirarse!” Me rodean unos siete hombres, escopetas y machetes en mano. Esperan la orden mientras dialogamos con uno que parece el jefe. Las caras no son de buenos amigos. Tratamos de perder tiempo mientras el helicóptero aterriza, queremos captar las imágenes, pero la seguridad apremia, el hombre o los hombres, o los patronos no bajan, porque la cámara apunta y es el arma que no les gusta, vamos saliendo bajo amenaza, lentamente para no provocar, pero la verdad es para poder salir con vida. Son los matones de siempre, los pagados por los finqueros para defender su “propiedad” y para agredir no sólo a campesinos sino a periodistas, y a quien se les ponga enfrente. Estábamos solos y no sabíamos qué hacer, pero tampoco podíamos hacer nada más que salir sin ver qué removió el tractor ni qué subieron a los picops o al helicóptero.

El día anterior habíamos llegado como a las nueve de la noche. En el camino encontramos a la Policía Nacional Civil con su misión cumplida. Sólo nos alumbraban los fogarones que dejaron, y se extinguían lentamente y que a veces se acezaban con el viento. No se movía nada y apenas se presentía que algo había con vida, que alguien más andaba rondando las cenizas. Por eso volvimos el día siguiente para comprobar cómo se soluciona el eterno problema de la tenencia de la tierra. Cómo se solucionan con violencia los conflictos sociales. Qué cobardía.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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