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Transportistas, alcancía sin fondo
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 10 de enero de 2005

Desde la década de los 70, los dueños de los destartalados buses urbanos vienen mamando y tomando leche a costillas del pueblo, pues no sólo se les cobra caro a los usuarios por un mal servicio, sino de los impuestos que pagan, se les regalan millones de quetzales a cada uno de los dueños de buses. Estos últimos prometen mejorar el servicio, firman cualquier compromiso y todo sigue igual, salvo sus cuentas bancarias que aumentan sus dígitos y se ríen en la cara de los funcionarios, quienes siguen cayendo de babosos y aceptando el chantaje.

Entre las granjerías que han conseguido con los presidentes y los funcionarios del Palacio de la Loba, a donde llegan a aullar los lobos del transporte, están el diésel regalado o a menor precio, el aumento del pasaje cada cierto tiempo, la exoneración de multas y el pago de arbitrios, la libertad de los pilotos que provocan muertes en accidentes y hasta los millones de quetzales mensuales, que ya suman varios cientos bajo la amenaza de paralizar labores. El derecho a contaminar el ambiente, a cambiar las rutas, a parar donde les da la gana, a apretujar a los pasajeros, a no pararles a los ancianos ni llevar a personas con discapacidad y hasta armar los embotellamientos de tránsito en cualquier punto de la ciudad.

Miles de veces han ofrecido mejorar el servicio, llevar gratis a personas mayores de 60 años, a retirar las carcachas en circulación, a no contaminar el ambiente, a darles buen trato a los y las usuarias, a no poner a gran volumen los radios y no usar la bocina innecesariamente, etcétera, etcétera. Pero todo sigue igual o peor que antes, porque no hay autoridad que ponga alto a sus desmanes.

Antes había inspectores. Ahora nada. Antes daban boletos, ahora nada. Colocaron los torniquetes y los volaron sin autorización alguna. Nadie, pero nadie tiene la culpa de que ellos dejen actuar a sus anchas a los pilotos y ayudantes y simplemente les exijan una cuota diaria, que los “obliga” a una competencia salvaje del pasaje para embolsarse, autorizadamente, una parte de las ganancias. El año pasado, el presidente Berger, de común acuerdo con el alcalde Arzú, les regaló Q36 millones y a eso hay que sumar lo del presente año para que se lo repartan entre ellos y puedan tener, a diferencia del millón y medio de usuarios que tienen que soportar el mal servicio, un feliz y próspero año 2005, pues nada menos representan más de Q3 millones diarios de pasaje si se piensa que cada uno toma dos buses al día. ¿Quién terminará poniéndole el cascabel a estos gatos?

Según la Municipalidad, son tres mil buses, pero no el mismo número de propietarios, pues hay quienes tienen flotas completas que cubren diferentes rutas, por lo que el regalo presidencial se reparte entre unos cuantos de ellos y lo mismo, los ingresos por pasaje. ¿Cuánto tendrá que seguir esperando el pueblo para que se cree una empresa municipal, que preste un servicio sin pretender el lucro? El famoso Transmetro, si no cae en las manos privadas, podría ser la solución para que desaparezcan las carcachas y los gángsteres, aunque es difícil porque se hace creer que la iniciativa privada presta mejor servicio, aun cuando se haya demostrado que no es cierto y que su objetivo central no es apoyar al pueblo ni prestar un servicio público que, en todo caso, es obligación del Estado.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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