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La iglesia campesina
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 20 de enero de 2005

Quiero decirle a los obispos están en la vereda correcta.

No crean que les voy hablar de una iglesia sectaria, de una iglesia que se olvida de los otros miembros del rebaño o de los hijos pródigos que se apartaron de él, ni voy a decir que debería repetirse la expulsión de los mercaderes del templo. Simplemente quiero decirle a los obispos que están en la vereda correcta, ésa que les lleva a los más pobres, ésa que los une a los más necesitados, esa vereda que tienen que recorrer los pastores para cumplir con su misión en la Tierra. Que no les extrañen los tropiezos, las piedras en el camino, las víboras que se atraviesan y sólo muerden los pies descalzos. Muchos de los de su grey han andado estos caminos desde siempre, esperando que sus pastores agarren de bastón un palo y los acompañen en sus andanzas, dando el mensaje simple y llano de que “otra Guatemala es posible”.

Menos mal que no agarraron las grandes pistas asfaltadas, porque ésas no llegan a las lejanas y abandonadas aldeas. Si eso hubiera sucedido, estuviera hablando de la iglesia de las transnacionales y no de la iglesia campesina, de esa iglesia que discute y hace realidad muchas de las pastorales sociales y de las pastorales de la tierra, que se funden y se forjan en la incansable lucha por el respeto a los derechos y la dignidad de los seres humanos, de esas mujeres que paren en el campo sin atención alguna, de los hombres y niños que, de sol a sol, dejan su fuerza y su energía para hacer producir la tierra. Esa tierra a la que hoy en día quieren hacerle cráteres para extraer de sus entrañas el bello metal que colgará de los cuellos y adornará los dedos y hasta los sanitarios de quienes pueden pagarlos, aun cuando en el futuro las comunidades mueran de sed y los efectos de la deforestación y los ácidos se extiendan como plagas a lo ancho y largo del país.

Claro que no van a leer en los periódicos los campos pagados de los campesinos, apoyando su posición, pero sí la diatriba de las cámaras y las gremiales que defienden el Estado de Derecho para ellos, que anteponen el derecho a su propiedad privada por encima del derecho a la vida de la población; que aplauden que la Policía se lance a matar campesinos que protestan, porque así garantizan su libre derecho a la locomoción, después de haber garantizado “a puro tubo” el derecho de las transnacionales al saqueo y la explotación minera.

Haber agarrado los extravíos, las veredas, los caminos vecinales, es una decisión que repercutirá en las iglesias más pobres, en aquellos católicos que luchan porque el paraíso sea aquí en Guatemala y no el infierno en el que viven. Los he escuchado miles veces, en el Ixcán, en el área Ixil, en las Verapaces, en Petén, en Totonicapán o en las aldeas abandonadas de Zacapa. No se imaginan dónde he escuchado el clamor de ellos por una iglesia más comprometida, metiendo el hombro, por unos obispos o pastores que no sólo levanten su voz, sino que esa voz llegue a todos los rincones, señalando lo que sienten, lo que sueñan, lo que quieren que sea este país, que también es de ellos y no de unos pocos que deciden entregarlo a las grandes transnacionales.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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